Por: Arturo Charria

Los decentes

En el mundo hay gente buena y, sobre todo, gente que se considera más buena que los demás. Esas personas “demasiado buenas”, como las describió magistralmente en una columna anterior el profesor Moisés Wasserman, son un peligro, porque su superioridad moral las hace mirar despectivamente al resto de la humanidad, incluso a la gente buena.

Esa gente “demasiado buena”, ahora creó un club cerrado (en una lista abierta) para el congreso bajo el nombre de “La lista de la decencia”. Sin embargo, dicha lista no es otra cosa que el esfuerzo de unos partidos y movimientos marginales de izquierda por sobrevivir al umbral electoral. El lanzamiento lo hicieron por todo lo alto, por eso ascendieron hasta el piso 41 del antiguo Hotel Hilton. Pero ellos no les temen a las alturas, por el contrario, pueden asomarse desde las torres más encumbradas y sin vértigo ver desde allí al resto de la gente buena y no tan buena que transita por las calles de Bogotá.

Es lamentable que un grupo de personas pretenda apropiarse de la palabra decencia y más como la síntesis de sus prácticas políticas, asumiendo que quienes no hacen parte de dicha lista o voten por ellos y ellas, son indecentes. La decencia no debe pensarse como un atributo que poseen solo algunos políticos, sino como un punto de partida para el ejercicio de lo público.

La génesis de esta palabra y su relación con la izquierda en Colombia, está vinculada con su marginación histórica del poder; durante años vendieron la idea de que su exclusión les daba la autoridad moral para decir desde el monte o los cafés cómo debía manejarse el país. Trataron de llegar al gobierno por distintos medios, pero los alejaron sus divisiones internas, la insistencia en la lucha armada y el exterminio de sus cuadros más destacados a manos de agentes del Estado y el paramilitarismo. Sin embargo, en los últimos años la izquierda ha ganado alcaldías y gobernaciones en todo el país, con resultados que, a la luz de las expectativas, palidecen como un bombillo que está a punto de fundirse.

Ahora bien, no es accidental que un sector marginal dentro de la misma izquierda se autoproclame propietario de la decencia nacional. Porque están en el micromargen de la marginalidad: fueron excluidos, no están, no caben o se salieron del Polo Democrático, de la Farc y de la izquierda del Partido Verde. Por eso necesitan siempre refundar alianzas y partidos, porque sus ideas son tan novedosas y limpias, que la palabra institucionalidad les parece que es como agua estancada en un charco.

Quien lidera esta coalición es Gustavo Petro y es el resultado de su incapacidad de construir alianzas con otros sectores que no estén dispuestos a plegarse a su voluntad. Es paradójico que la voz de la decencia se considere un sol sobre el cual debe gravitar todo lo que se considere izquierda, progresista, liberal, alternativo, subalterno y emergente. Un político cuya vanidad hace que todos los cristales se revienten cuando pasa frente a ellos y con los pedazos de vidrio construye el gigantesco espejo en el que se mira cada noche. 

Decía el profesor Wasserman, que esa gente demasiado buena, llora de ternura ante tanta bondad cuando se mira en el espejo. Me da tristeza pensar que esa gente tan buena, cuando entre en la política, tenga que gobernar a personas indecentes y no tan buenas como nosotros, el resto de habitantes de Colombia.  

@arturocharria

 

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