Por: Eduardo Sarmiento

Los desafíos de Bogotá

Bogotá, que ha logrado avances notables en el último siglo en diferentes frentes, adolece de dos deficiencias que han perdurado y no se han resuelto. Una es el transporte. La ciudad ha buscado el desarrollo del mismo mediante el sistema de buses, que ha sido totalmente inadecuado para las características de una urbe que tiene serias limitaciones físicas y económicas para la expansión horizontal. La ciudadanía pierde enormes ingresos por el lento desplazamiento de la fuerza de trabajo al oficio. Por eso, los beneficios de un metro bien concebido pueden superar en tres veces los costos iniciales de la infraestructura.

La adjudicación del metro aéreo no cierra el debate. El procedimiento de aprobación se realizó sin estudios de detalle de ingeniería, sin la presencia de los organismos de control y sin la evaluación convincente de la relación beneficio-costo de las dos alternativas. El nuevo alcalde tendrá un amplio margen de maniobra para revivir la discusión y alcanzar una solución que se acerque más al metro subterráneo, que es la única forma de ampliar el área efectiva del transporte de la ciudad. Como lo mostré en la columna de la semana pasada, la solución de la movilidad no está en el sistema transmilenio que generó el caos, sino en el metro subterráneo que se postergó durante más de medio siglo.

La otra dificultad grande ha sido la equidad. Debido a la fuerte migración del campo a la ciudad, la falta de oportunidades de empleo y la lejanía de los puertos para penetrar en los mercados externos, la ciudad ha evolucionado dentro de un estado de desempleo y pobreza que se asemeja a las economías agrícolas de finales del siglo XIX. La ciudad no ha podido asimilar la avalancha demográfica.

La ciudad carece de una demanda que permita emplear su mano de obra y la capacidad empresarial. El diagnóstico lo hice a principios del siglo y fue acogido en el programa de Lucho Garzón (Sarmiento E., 2014. “Estrategia de empleo para Bogotá”, revista ECI). La solución no era más que una simple propuesta keynesiana de orientar el gasto hacia las actividades de mayor capacidad de generación de empleo y los grupos de menores ingresos. En esencia, significaba abandonar las obras faraónicas que predominaron en la primera alcaldía de Enrique Peñalosa. Los resultados fueron notables. El programa iniciado por Garzón fue continuado por las administraciones siguientes con resultados y cifras que no sobra repetirlas. Entre 2002, cuando entró Garzón, y 2015, cuando salió Petro, la brecha de pobreza monetaria bajó de 12,5 a 3,6 %, el coeficiente de Gini de 0,58 a 0,49 y el desempleo de 18,8 a 8,7 %. Las tendencias se invirtieron en los tres primeros años de la actual administración Peñalosa (2015-2018), cuando la pobreza monetaria subió de 3,6 a 4,3 %, el coeficiente de Gini de 0,49 a 0,51 y el desempleo de 8,7 a 10,5 %.

En las circunstancias actuales, las soluciones deben ir mucho más allá de las políticas de hace 20 años. Bogotá no estuvo exenta de los daños ocasionados por el fracaso de la apertura económica y los TLC. La ciudad no ha logrado pasar del primer peldaño de la escalera tecnológica de bienes intensivos en mano de obra no calificada. La mayoría de las empresas industriales importan más del doble de lo que exportan. Por fortuna, la administración distrital, desde luego con excepciones, logró realizaciones incuestionables en la empresa de energía eléctrica y en la ETB, que bien puede ampliarse para impulsar y coordinar el desarrollo de empresas de alto contenido del conocimiento. Ni más ni menos, le compete adelantar la política industrial que los gobiernos centrales se niegan a realizar.

Claudia López, por su orientación social, liderazgo, sólida formación académica y compromiso contra la corrupción, es la candidata que está en mejores condiciones de enfrentar los desafíos descritos. Votaré por ella.

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