Por: César Ferrari

Los desafíos latinoamericanos frente a la construcción de Eurasia

En un reciente encuentro de la Cátedra de Asia y América Latina realizada en Santiago de Chile, un grupo de académicos de Argentina, Brasil, Colombia, China, Chile, Estados Unidos, México y Perú discutimos el futuro latinoamericano y su relación con el resto del mundo. Con David Varela, también de la Javeriana, expusimos sobre los desafíos latinoamericanos frente a Eurasia:

En 2016, según el Banco Mundial el producto interno bruto de China fue de 12 mil millones de dólares, de Europa de 16,4 mil millones y de Estados Unidos de 18,6 mil millones; mientras tanto el de los cuatro países de la Alianza del Pacífico (AP), México, Chile, Colombia y Perú, fue de 1,8 mil millones. A su vez la población de China fue de 1.378 millones de habitantes, la de la Unión Europea de 511 millones, la de Estados Unidos de 323 millones y la de los países AP de 226 millones.

En 2015, según el Brookings Institute, la clase media en Asia-Pacífico fue de 1.380 millones de personas, en Europa de 724 de millones, en América del Norte de 335 millones y en Centro y Sudamérica de 285 millones. Para 2030 el Brookings proyecta una clase media en Asía-Pacífico de 3.492 millones de personas, en Europa de 733 millones, en Norte América de 354 millones y en Centro y Sudamérica de 335 millones.

Mejor dicho, es claro en dónde están y en dónde estarán la población y la clase media más numerosa y los mercados más grandes del mundo: Eurasia. Así, es apenas obvio porque los chinos están empeñados en reunir Asia y Europa a través de las nuevas rutas de la seda.

De hecho ya están usando parte de ellas: desde 2011 está en operación el ferrocarril Trans-Eurasia de 11.179 kilómetros que parte de la ciudad de Chongqing, en el suroeste de China, y llega a Duisburg, Alemania (y de allí al resto de Europa). Operado por un “joint venture” entre Alemania, China, Kazakstán y Rusia, recorre seis países (China, Kazakstán, Rusia, Bielorrusia, Polonia y Alemania) y ha permitido hasta el 2015 enviar a Europa mercaderías chinas por un valor de 2.500 millones de dólares. El desafío para ellos es hacerla más rápida y más eficiente, no solo para intercambiar más comercio y más ideas, sino para promover un desarrollo en común. 

Es también aparente que participar ventajosamente en el espacio económico que significa Eurasia sería de mucho interés para Latinoamérica. No es que América Latina no comercie ya con Europa o con China. En particular, en 2016 China fue el primer destino de exportaciones para Brasil, Perú y Chile, y el primer origen de importaciones para Chile y Perú. Según la OCDE, el intercambio comercial entre China y América Latina en 2000 era de 12 mil millones de dólares, en 2014 superó los 250 mil millones (aumentó 20 veces).

Ese comercio se traduce en exportaciones latinoamericanas de materias primas a China y Europa (principalmente minerales e hidrocarburos) y exportaciones chinas y europeas de manufacturas a Latinoamérica. Usualmente, los países exportan lo que producen y en América Latina la producción dominante es de materias primas.

La consecuencia de ello es que, por décadas, mientras América Latina se contentó con crecer a tasas mediocres de 2-4 por ciento anual al vaivén de los precios internacionales de las materias primas, al margen de si sus gobiernos eran de derecha o izquierda, los asiáticos lo hicieron al 8-10 por ciento anual produciendo y exportando manufacturas. A su vez, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los milagros alemán e italiano, los europeos crecieron también por décadas al 8-10 por ciento anual produciendo y exportando manufacturas.

La consecuencia adicional es que siendo la producción de materia prima intensiva en capital y poco intensiva en mano de obra, América Latina mantiene un nivel de ocupación reducido; en Colombia se traduce en un desempleo abierto aproximado de 10 por ciento y un subempleo del orden de 25-30 por ciento de la población laboral. Ello conduce a una informalidad extendida en casi todas las ciudades latinoamericanas: como la gente no encuentra un empleo digno, acaba construyendo su propia ocupación para sobrevivir. Además, conduce a una inequidad enorme, de la peor en el mundo: según el Banco Mundial, sobre 150 países, Colombia por ejemplo ocupa la décima posición con la peor distribución de ingreso y Chile la decimoquinta.

¿Por qué ese estado de cosas? Porque durante las últimas décadas América Latina ha implementado una política económica que ha generado una estructura de precios y rentabilidades que favorece la producción y exportación de materias primas (salvo México que exporta mayoritariamente manufacturas, aunque lo hace casi exclusivamente a Estados Unidos, y ese es su problema actual), mientras que los asiáticos (chinos, coreanos, taiwaneses, etc.) construyeron una estructura que favorece la producción y exportación de manufacturas; que los europeos construyeron mucho antes.

Lo cual implica que, si América Latina no quiere quedarse pobre, desigual y rezagada, al margen de Eurasia en tiempos de declinación estadounidense, las políticas monetaria, fiscal y regulatoria deben cambiar para inducir la producción y exportación no solo de materias primas y recursos naturales, sino para transformarlos y construir con ellos la base de sus manufacturas. Como dice una frase atribuida a Albert Einstein: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”.

* Ph.D. Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

Buscar columnista

Últimas Columnas de César Ferrari