Por: Eduardo Sarmiento

Los desajustes de Alemania y EE.UU.

Cada día aparecen más sorpresas sobre la globalización. El experimento fue concebido de forma que los países se especializaran en los productos de ventaja comparativa y adquirieran los otros en los mercados internacionales.

Sobre estas bases, los países eliminaron los aranceles, dejaron flotar el tipo de cambio y les dieron rienda suelta a los movimientos de capitales. Se podía esperar que los países con mayores mercados internos, que se caracterizan por una menor elasticidad de las exportaciones al tipo de cambio, un aumento de los déficits en cuenta corriente, y que en el resto ocurriera lo contrario.

El ajuste ha sido impedido por Alemania y Estados Unidos, que eran los principales candidatos para ampliar los déficits en cuenta corriente. Estados Unidos estableció una tasa de interés cero que genera una gran presión de revaluación en los países socios. Por su parte, Alemania ha conseguido una política contraccionista que ha impedido que los aumentos de productividad se compensen con aumentos de salarios; sus precios son inferiores a los del resto de Europa. Lo cierto es que Estados Unidos logró reducir el déficit en cuenta corriente en los últimos cinco años a la mitad y Alemania mantuvo un superávit de 6% del PIB. Se invirtió la cara de la moneda. Los déficits en cuenta corriente se trasladan a los países de menores mercados internos que tienen una menor flexibilidad para compensarlos con políticas domésticas.

El mayor drama se da en las economías periféricas de Europa que se han visto abocadas a cuantiosos déficits en cuenta corriente y excesos de ahorro que no se pueden corregir con las políticas fiscales y monetarias convencionales. Las políticas contraccionistas reducen los salarios y mejoran las balanzas de pagos a cambio de reducir la actividad productiva, en tanto que las políticas expansivas hacen lo contrario. Así, la zona no ha logrado salir de la crisis de 2008. Más aún, se advierte que en países como Grecia y España los déficits en cuenta corriente se redujeron en forma significativa mediante el disparo del desempleo por encima de 25% y la disminución drástica de salarios.

Fue necesario llegar a esta debacle para que los centros influyentes del pensamiento entraran en razón. Así, el Departamento de Comercio de Estados Unidos y el FMI han dirigido la mirada a Alemania culpándola de la crisis europea. Por primera vez reconocen que la dolencia no está tanto en el excesivo gasto de los países periféricos, sino en el cuantioso superávit  en cuenta corriente de Alemania, y le solicitan ampliar el mercado interno y subir los salarios.

Lo que no dicen es que lo mismo sucede en Estados Unidos con la intervención en la compra de activos. La cotización de las monedas de los países cercanos al dólar está determinada en un alto grado por la Reserva Federal. La experiencia reciente confirma que alteraciones mínimas en la tasa de interés de largo plazo de los títulos del tesoro tiene mucho mayor efecto sobre los tipos de cambio que las acciones de los países en la compra de las divisas. En cierta forma, América Latina enfrenta con Estados Unidos una situación similar a la de los países periféricos.

Mientras Alemania y Estados Unidos persistan en influir los tipos de cambio, el planeta, y en particular los países medianos, queda expuesto a una inestabilidad cambiaria y financiera, así como a presiones recesivas. De hecho, procederán a contrarrestarlos con modalidades cambiarias y comerciales encubiertas. El libre mercado se resquebraja por sus propias contradicciones. La estabilidad de la economía mundial no se conseguirá sin un organismo central que armonice las balanzas de pagos dentro de un nuevo orden económico mundial.

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