Por: Columnista invitado

Los desaparecidos del paisaje...

El siempre vigente Albert Camus aseguró alguna vez que “los únicos muertos que duelen son los que se pueden ver”.

 Esta afirmación, contenida en el que vendría a ser uno de sus libros capitales (La peste), podría acoplarse perfectamente a la cruda realidad de nuestros pueblos latinoamericanos, países tristemente acostumbrados a la indiferencia colectiva, al olvido. Desde que tenemos memoria conocemos ejemplos palpables de este tipo de amnesia social: la barbarie cometida en contra de los pueblos indígenas (aún mancillados y en lucha); los miles de muertos de las dictaduras empotradas en el continente; la cifra incuantificable de la guerra (sin importar su procedencia); los rostros anónimos de quienes desfallecen en la calle sin alimento y sin vivienda.

Bogotá, nuestra ciudad, pueblo grande habitado por las mismas tristezas y desarraigos que nos dejó el “desarrollo”, no escapa de esta lógica de omisiones y licencias narrativas. Se trata, en esencia, del relato de un pueblo que renuncia a contarse su propia historia (salvo honorables excepciones); un pueblo que confiere al poder hegemónico, representado en la ley y la autoridad, la potestad de calcular y nombrar sus muertos (que siempre vivirán). Detrás de las cifras, los números y la estadística, permanece empozado el magma de a quienes, cobardemente, intentaron suprimir del paisaje a través de la violencia. A su favor podremos decir que ese intento será siempre fallido. Jamás podrán desaparecer a un ser humano. Inútil resulta cercenar su cuerpo, arrojarlo al mar, al río, quemarlo, esconderlo o camuflarlo.

En cada trozo de grama que rodee los contornos de la ausencia, en las manos de un familiar que se rehúsa a decir “olvido”, en el nombre heredado de un nieto que es abuelo, en el pavimento maquiavélicamente dispuesto sobre la fosa, en la naturaleza que abraza generosa el cuerpo inmóvil; allí, donde la poesía clama recuerdo, esperanza, donde la vida vive en la memoria. Allí nace un nuevo paisaje.

Al menos por un mes el Festival de Literatura de Bogotá ha querido comprometerse con esta maravillosa lucha de restituir su presencia. Para ustedes, estas palabras insuficientes, tardías; para ustedes, estos 33 eventos, estos poemas y cuentos que han recorrido los barrios y las bibliotecas de Bogotá. “… Entre el pulgar y el índice la pluma gruesa descansa. Yo cavaré con ella”, dijo Seamus Heaney. Esa, la escritura, es nuestra herramienta para propiciar el encuentro. No se trata de una búsqueda sino de un redescubrimiento, pues ustedes siempre nos han buscado, somos nosotros quienes hemos dejado de encontrarlos, desaparecidos.

La invitación será para hoy en el auditorio Huitaca, en el edificio Bicentenario (Alcaldía Mayor) de 6 a 8 p.m. Allí, con un concierto en homenaje a Miguel Hernández, el grupo Paroles Égales cerrará el festival de este año.

 

(*)Javier Osuna Sarmiento, director Festival de Literatura de Bogotá.

 

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