Por: Diana Castro Benetti

Los deseos

Nos ahogamos en deseos. Hechos de intenciones exóticas o materiales de lujo, rigen la tecnología, la moda, el sexo o cualquier festín. Son deseos con tamices o que llegan cernidos para vestirse de pulcritud.

Abren la existencia y guían el rumbo según el día. Caprichosos e íntimos, se esconden o se esfuman sin despedidas.

Deseo es cualquier cosa: una casa, un encuentro, un ascenso o la vida del vecino. Hay deseos construidos por otros y los hay vitales, necesarios y urgidos. Unos definen el consumo, el sistema o las deudas; otros van luciendo las siliconas, los alucinógenos y hasta las malas intenciones. Los hay llenos de prejuicios incorpóreos o durmiendo con el cuerpo prohibido. Hay deseos hechos oración y que, sin saberlo, esconden la última transacción.

Cada deseo nos revela y cuenta lo que somos en las contradicciones, las dudas, los movimientos, las apuestas y los oficios. Malabares de certezas y verdades que sin ser absolutas hablan de placeres y ambiciones. Van escogiéndonos en silencio sin que nos demos cuenta. Se arraigan y defendemos sus causas sin que sean las mismas nuestras. Con los deseos no se miden las consecuencias y cada cual aviva los suyos, los pide en compañía o los vende al mejor postor. Hay deseos disfrazados de amistad y otros mantenidos por la envidia o la venganza. Los deseos compiten, atrapan, insinúan, provocan, desnudan y se desnudan, cambian de tabú o ritual. Nos pellizcan si estamos dormidos.

Pero los deseos no son ni el placer ni la felicidad ni el amor. Tampoco el mal genio. Son piezas necesarias en la experiencia vital y parte de lo que somos, tejen la vida y los destinos sin que se aniquilen los pesares o las responsabilidades. Están, aparecen y sobreviven. Vienen. Van. Se renuevan. Nos devoran, nos abandonan o se arropan unos con otros hasta que nos son infieles.

Como el agua, la luz o el aire, los deseos están para marcar el camino. Son los infiernitos cuando se instalan con sus frustraciones o son los paraísos cuando muestran la belleza. Ni buenos ni malos, ni ángeles ni demonios, son la cadena que más nos gusta o la cuña que más aprieta. Pueden ser la filosofía y el lugar común o la semilla para el nirvana. Y, si se prefiere, pueden reparar los infinitos después de cualquier orgasmo.

 

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