Por: Lorenzo Madrigal

Los desplazados de Gramalote

Con la escueta noticia de las 54 familias que han ocupado sus nuevas casas en la población de Gramalote (Norte de S.), abordo este comentario, deseoso de estar allá, por ver tanta belleza hecha realidad.

Estará asentada en piso firme, supongo, a diez kilómetros de la antigua ciudad, que, recordemos, se abrió, descuajando desde abajo las construcciones y, por supuesto, la vieja iglesia parroquial. No todos los pobladores han podido estrenar su lugar de residencia por no tener completos los papeles reglamentarios (maldita burocracia) y es de esperar que los damnificados todos inauguren y se instalen en el nuevo enclave.

El compromiso de Santos, en el que se incluyó a Néstor Humberto Martínez, entonces superministro, comienza a cumplirse, después de las fechas prometidas; pero, de todos modos, que un gobierno cumpla una promesa es ya una proeza.

Todo ha de ser restablecido: el viejo templo y no, por favor, con una enramada con altar, sino con alguna dignidad, toda vez que las viejas iglesias, legados de antaño, nunca volverán a ser construidas como antes, con la paciencia y el arte de un trabajo comunitario.

Y, cómo no, se ha de volver a instalar la efigie de Laureano Gómez, pues fue devoción y decreto de una población que quiso honrar no tan sólo el partidarismo político cuanto el carácter, la firmeza de convicciones no atadas a la rapiña pública y, como ya parece olvidado, al gran fiscal que despertó al país, cuando comenzaba a enlodarse Colombia.

Que regrese la misma estatua o una mejor, si cabe, del estilo realista que se le ha conocido al escultor Alejandro Hernández (nieto del gran Pinto Maldonado), autor de los monumentos a Jaime Garzón. También en Cajicá (C.), hoy mi ciudad, destaca la figura del alcalde perpetuo, Enrique Cavelier, en un naturalismo artístico que inclusive place a las palomas. Obra del mismo Hernández Pinto.

Laureano, “el hombre tempestad, a quien sólo es posible amar u odiar”, a decir del poeta Valencia, es aún venerado por gente de feliz memoria, pese a la satanización de su nombre a cargo de los adversarios políticos y a que su gran periódico fuera convertido en cenizas el nueve de abril de 1948. No corrió con el mismo favorecimiento histórico de sus émulos, aunque fue progresista como pocos, conviviente, así no se le reconozca y motor de importantes obras públicas, que jalonaron el progreso.

Ahora, en momentos en que se quiere escribir una nueva historia de corte izquierdista, que incluye comisiones de la verdad que van más allá de satisfacciones recíprocas de guerra, puede imaginarse el lugar inadecuado que se tendrá para Gómez. Por suerte la Gobernación de Norte ha dado pasos para restablecer, en el sitial que le corresponde, la estatua de quien merecería un bronce como el de Churchill en el parlamento británico.

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2017-03-12T21:00:30-05:00

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