Por: Daniel Pacheco

Los detestables

Las elecciones a la Alcaldía de Bogotá se libran entre dos tipos bastante abandonados de carisma. Y aunque falta más de un mes de campaña, la elección no parece que pueda escapar a un cabeza a cabeza entre los malqueridos Petro y Peñalosa.

Entre ambos, si uno asume que las personas que tienen una imagen negativa de Petro son distintas a las que tiene una imagen negativa de Peñalosa (una situación difícil de probar, pero fácil de imaginar), el 82% de los votantes estarían ante un candidato que les desagrada.

Por lo menos este ingrediente de emoción repugnante le está poniendo un pique a una campaña, que por lo demás tiene los libidómetros políticos bastante desinflados. Gina, Galán y Luna, de los que uno habría esperado algo de arrojo, han resultado ser los más encajonados en los viejos moldes de partido (y eso que Gina ni tiene).

Un punto curioso en la carrera de detestabilidad entre Peñalosa y Petro es que no hay nada radicalmente distinto en sus propuestas.

Por más que Petro trate de empaquetar su programa en el lenguaje de la inclusión, de las bogotanas y los bogotanos, su “modelo de ciudad” gira en torno a lo mismo que el de Peñalosa y el de los demás candidatos: no ser Samuel Moreno.

Así se oyó en el debate de El Espectador y Caracol Radio, que tuvo su punto más álgido cuando se disputaron el título de quién tenía las mejores matemáticas de quinto de primaria. El jurado aún no ha vuelto con una respuesta, aunque se le anota a Petro el tener los cojones para pelearle por cifras de Bogotá a Peñalosa.

Ser tan parecidos en términos “programáticos” y estar tan separados de los afectos de la gente, lo refiere uno al debate entre la emoción y la razón que surge de forma tan apasionante en la política. Y entre Petro y Peñalosa, que reúnen una lista de ‘no sé qués’ insoportables, el punto de quiebre es emocional.

Ambos hablan con una soberbia que apela a los escozores de varios tipos de oídos. La forma en la que Petro va del usteo al tuteo, de la zalamería a la arrogancia, eriza los pelos de la espalda. El tono de Peñalosa, por otro lado, quien a pesar del coaching no ha podido dejar atrás el gomelo bogotano (¡qué difícil es!) adquiere además un tono bobalicón que provoca darse contra las paredes. Hacia delante faltará ver si el anticarisma de Peñalosa sigue siendo peor que el de Petro, a quien le falta sacarle aún unos puntos más en las encuestas para contrarrestar los votos silenciosos que llegarán en los buses del Partido de la U.

Sin embargo, Enrique ya hace lo que parecía imposible: ser más odioso que el senador Petro, que se sigue vistiendo como si no quisiera perder ese título. Y aunque todo este análisis destila superficialidad, como los dos contendores a la Alcaldía lo demuestran, no es tan fácil engañar con apariencias.

danielpachecosaenz@gmail.com.

 

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