Por: Santiago Gamboa

Los días del arcoíris

POR UNA FELIZ CASUALIDAD LLEgó a mi casa hace unos días la última novela de Antonio Skármeta, Los días del arcoíris; curioso me senté a leerla, un poco para ver cómo estaba escrita, y, antes de que me diera cuenta, en un parpadeo, ya anochecía y estaba llegando a la página final.

 

Debo confesar que me alegra escribir este artículo, pues a Skármeta lo había dejado un poco de lado tras sus viejas novelas, Ardiente paciencia y Matchball, ambas con argumentos memorables, un excelente sentido del humor y fina escritura. Pero de esto hace ya más de 20 años.

Los días del arcoíris retrata la vida chilena en un momento clave: los instantes previos al plebiscito de 1988, cuando la dictadura decidió, sumergida en críticas y sin ningún prestigio internacional, reciclarse, darse un aire democrático, llamando a la población a un referendum (con el Sí, seguían otros ocho años con Pinochet de presidente; con el No, se convocaban elecciones), con la primicia de que la oposición podría contar con 15 minutos en la televisión para hacer la propaganda del “No”.

La novela cuenta dos historias: la de Nico Santos (apócope de Nicómaco, no de Nicolás), un adolescente que está en último curso de bachillerato, cuyo padre, profesor de filosofía del colegio, es detenido por la policía delante de sus alumnos, y la de Adrián Bettini, padre de la novia de Nico, un publicista de izquierda al que se le plantea una inesperada disyuntiva: la dictadura le propone dirigir la campaña del Sí, mientras que la concertación de partidos democráticos le pide dirigir la del No. La decisión no parecería difícil, a simple vista, a favor del No, excepto por tratarse de una dictadura que aún encarcela, tortura y mata sin rendirle cuentas a nadie. De ahí sale el logo del arcoíris, que cambió para siempre la historia de Chile, y el famoso Vals del No, que con la música de El danubio azul, de Strauss, y letra de un cantor popular llamado Florcita Motuda, decía: “Se empieza a escuchar el ‘No’, el ‘No’ / en todo el país, ‘No, no’, ‘No, no’”. Por conocer la historia de Chile uno sabe el final, pero Skármeta logra contarla desde el pequeño heroísmo de gente común que, sumados uno a uno, cambiaron el rumbo.

A mí me conmueven los libros que hablan de gestas colectivas, algo que en nuestro país se ha visto poco, pues a diferencia de Chile, quien salvó a Colombia del acecho de una dictadura fue la Rama Judicial, con la que, por cierto, hemos contraído una deuda enorme (recordemos también su sacrificio contra el narcotráfico). Pero cuando pienso, leyendo a Skármeta, que todo lo que vivió Chile fue una experiencia lejana y que Colombia no ha tenido golpes de Estado sangrientos, de inmediato me vienen a la mente las imágenes del Palacio de Justicia y sus desaparecidos, y más cerca, el fantasma de los “falsos positivos”, y pienso que no sólo en Chile sino en Colombia y en toda América Latina, de forma cíclica, los ciudadanos debemos evocar los días chilenos del arcoíris para proteger nuestras constituciones y seguir siendo (o aspirar a ser) cada vez más libres.

 

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