Los dilemas contemporáneos en torno a la condición de víctima

Noticias destacadas de Opinión

Si se analizan los fenómenos políticos más relevantes de los últimos años, como el populismo, la reivindicación de identidades minoritarias o el nacionalismo, veremos que detrás asoma siempre el discurso de la víctima. La esencia del populismo consiste en administrar el resentimiento y en crear un “nosotros” que se siente agraviado por un “ellos”; un “ellos”, claro, que por corrupto, opresor o codicioso es el causante de nuestras miserias. Tras la política identitaria también hay un intento de ganar visibilidad apelando a una experiencia vivida o heredada de segregación, escarnio o abuso. Y el nacionalismo ha permitido incluso a los ricos apelar al victimismo: los catalanes acusan a España de oprimirlos, los brexiters y los ultras de Francia o Hungría tildan a la Unión Europea de imperialista, y hasta los votantes de Trump se sienten víctimas de la globalización.

Ya lo decía Robert Hughes, nuestra sociedad se ha especializado en la “fabricación de víctimas”. Lo confirmaba Daniele Giglioli: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo”. Analizar el presente es analizar el victimismo contemporáneo, y en esto, creo yo, los colombianos tenemos algo que decir. No sólo porque le hemos dado al mundo más de ocho millones de víctimas con nuestro conflicto armado, sino porque la víctima ha sido el tema tratado por nuestros artistas más reconocidos. Doris Salcedo en sus proyectos plásticos y Héctor Abad Faciolince en sus libros exploran las dos caras de un mismo fenómeno, poniendo el énfasis moral en lugares distintos, casi opuestos, pero ambos de innegable relevancia.

Salcedo trae a la víctima al primer plano de la atención pública y política. La reivindica, la hace visible e invita al público a enfrentarse a su dolor y a participar en un duelo que la dignifique. Sus obras paralizan el tiempo. Crean memoria, impiden el olvido. Fijan el tiempo al hecho traumático para que, como una línea roja sobre la historia, no vuelva a repetirse. Le dan a la víctima un espacio y una identidad de la que luego es difícil emanciparse. Ser visible y recordarle al mundo los horrores de la guerra supone no abandonar nunca la condición de víctima.

De ahí que resulte fundamental oír la voz de Héctor Abad, un autor que podría cazar a la perfección en la categoría de víctima —su padre fue asesinado y él tuvo que exiliarse—, pero quien nunca se sintió cómodo con la etiqueta. Al contrario, su esfuerzo consistió en no convertirse en una “víctima profesional”, en emanciparse y volver a integrarse al flujo de la vida. Abad recuerda que la prioridad de muchas víctimas es dejar de serlo, no quedar atrapadas en una camisa de fuerza, mucho menos extraer rédito de la inmunidad o del protagonismo que otorga. “¿Habrá algo peor que intentar sacar algún beneficio de la propia miseria?”, se preguntaba en Traiciones de la memoria.

Estos son los dilemas que evidencian las víctimas. ¿Detener el tiempo o acelerarlo?, ¿fijar una identidad o liberarse de ella?, ¿mimetizarse con el dolor o diferenciarse de él? No hay respuestas correctas. La sociedad está obligada a reconocer a las víctimas, pero debe prevenir la instrumentalización del victimismo; debe fortalecer la memoria, pero no quedarse chapoteando en las heridas. Un equilibrio difícil, lo sé, pero necesario para abrir alguna expectativa hacia el futuro.

Comparte en redes: