Por: Carlos Granés

Los dilemas de un liberal ante los cambios sociales

Tengo para mí que una de las grandes virtudes del pensamiento liberal, o al menos de la disposición liberal ante la vida, es que el futuro se encara con cierto optimismo, con un optimismo prudencial, digamos. El liberal se pregunta qué más y qué otra cosa podemos ser, de qué otras maneras y con arreglo a qué nuevos valores podemos vivir, y la sola formulación de estos interrogantes ya genera una grieta con el pasado. Puede que lo que hay, la tradición actualizada hasta el presente, no le parezca mal del todo; incluso, puede que la considere una protección contra el aventurerismo estúpido, o contra el cambio súbito y exaltado que bajando el cielo a la tierra termina cavando una fosa hasta el infierno. Y, sin embargo, ahí persiste la duda: ¿qué hacer con la vida, cómo hacerlas más interesante?

Por eso el liberal es un entusiasta, o al menos un espectador atento, de todos los movimientos progresistas que cada generación, llevada por su natural —su tradicional— deseo de diferenciarse, impulsa en el campo de la estética, de la moral y de las costumbres. ¿Poliamor en lugar de la familia convencional? Fantástico, qué hay de malo en experimentar con los afectos y las relaciones, cuál es el problema de conformar familias menos simétricas, con dos hombres y una mujer, o dos mujeres y un hombre, viviendo juntos o separados: de todo se puede probar. O el feminismo de tercera o cuarta ola, ya perdí la cuenta, y los ataques que hacen a ciertos valores tradicionales o heteropatriarcales; o la incorporación desprejuiciada de los transexuales a la vida pública; o las nuevas formas de ocio o de expresión de la individualidad; o el nuevo pacto de convivencia entre animales y humanos. Todo lo que signifique movimiento y cambio, incluso ruptura, resulta seductor para el talante liberal.

Pero hay un punto en el que el liberal se ve ante un dilema. Muchas de estas alternativas vitales se presentan, y es lógico que lo hagan, pues tienen enfrente grandes resistencias e inercias sociales, con un radicalismo y una intransigencia que pone en duda ese precepto, vive y deja vivir, que también es muy —muy— liberal. Porque no hay nada que perturbe más al liberal que haberse librado de una iglesia para verse rodeado de nuevos dogmatismos, de nuevos Opus Deis que defienden la familia poliamorosa como defiende el papa Bergoglio a la familia convencional, o de nuevos censores que sentencian cómo hablar o cómo comportarse, armados con un nuevo código de conducta; o de predicadores de la nueva moral animalista, siempre demostrando más pureza y superioridad. Esa cruzada, que insisto, puede ser necesaria para impulsar los cambios, para taladrar la tradición o simplemente para autopublicitar una causa justa, es la que pone en jaque al liberal. Porque este personaje, al fin y al cabo, es un individualista que no quiere ni admite tutorías ajenas, ni de las autoridades tradicionales ni de las que buscan legitimación. Le sientan mal los grupos, peor aún los rediles, los de siempre y los de ahora, y por eso su solidaridad con lo nuevo depende mucho más del grado de sutileza e inteligencia que del sectarismo y exaltación con que se le presente. Ahí está el dilema: el liberal es proclive a lo nuevo, sí, pero siempre y cuando sea una opción, no la nueva moral, la correcta.

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2019-09-13T00:00:24-05:00

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2019-09-13T02:01:19-05:00

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