Por: Juan Gabriel Vásquez

Los dos mensajeros de Vallejo

ACABO DE LEER UNO DE LOS LI-bros más extraños de la literatura colombiana reciente: extraño, digo, no por lo que contiene, sino por el hecho de haberlo contenido antes, en otro libro distinto pero del mismo autor, como una suerte de misterio de la santísima dualidad.

El mensajero, como quizás sepan algunos, es un libro que Fernando Vallejo escribió dos veces. La primera versión se publicó en México y en 1984 y es una narración en tercera persona de la vida y destino de Porfirio Barba Jacob; aunque Vallejo meta la cucharada de vez en cuando —para hacer, por ejemplo, comentarios anacrónicos sobre Fidel Castro, a quien Barba Jacob no alcanzó a conocer—, el libro se acerca sin ambages a nuestra definición de biografía. Pero unos años después de publicarlo, Vallejo decidió que había que volverlo a hacer desde el principio; porque lo interesante no era sólo la vida de Barba Jacob, sino el proceso de cacería que debió llevar a cabo Vallejo para recopilar la información sobre esa vida. Así que lo escribió de nuevo.

Y lo hizo en una primera persona tan vallejiana como la de cualquiera de sus novelas recientes, esa primera persona indignada y libre que cuenta, digamos, El desbarrancadero. “Camino de la muerte, en México, conocí a Edmundo Báez que me habló de Barba Jacob”, dice la primera línea del libro. Y lo que cuenta enseguida, al mismo tiempo que la historia de Barba Jacob, es también la historia de Fernando Vallejo, obsesionado con una vida ajena, tratando de contarla y llevando a cabo una carrera contra la muerte: contra la muerte de los que habían conocido a Barba Jacob y ya habían comenzado a desaparecer, como si quisieran llevarse a la tumba la leyenda del poeta. Este segundo Mensajero me ha hecho pensar en un libro maravilloso que no es muy conocido en español: La búsqueda de Corvo, de A.J. Symmons, un libro cuyo subtítulo, “Un experimento biográfico”, podría quizás ir en la portada del de Vallejo. Symmons no cuenta la vida de un raro escritor que descubre por azar, sino la búsqueda de esa vida. El resultado es fascinante.

Pero no quisiera sugerir que el segundo Mensajero (que todos en Colombia conocerán) es una mera reformulación del otro (que casi nadie en Colombia tiene o recuerda). La materia es la misma y muchos pasajes se repiten palabra por palabra, pero en la segunda versión la vida de Barba Jacob ha quedado transformada: por la memoria de Vallejo, por la peripecia vital de la escritura y por el estilo, que es nuevo y es otro. Hace poco, hablando con Vallejo, le pregunté cuál era la razón de fondo para volver a enfrentarse a un libro ya hecho, y por ese camino acabamos hablando de la biografía como género. “El biógrafo”, me dijo, “es como un portero: abre o cierra comillas, deja pasar o no deja pasar”. Es un trabajo loable, decía Vallejo, “pero nunca será un gran género literario. Es un género menor”.

A mí, por supuesto, no me parece que haya nada menor en estos libros, y quizás por eso es que el rótulo de biografía no les conviene. O quizás la biografía como género sea capaz de cosas mucho más interesantes que lo que estamos acostumbrados a ver, y en cualquier caso no se me ocurren razones más nobles para hacer libros que la obsesión, malsana incluso, por una vida ajena, por entenderla y capturarla y meterla en literatura.

 

 

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