Por: Luis Carlos Reyes

Los economistas y el medio ambiente

Las lecciones de la economía ambiental son clarísimas: si esperamos que el libre mercado resuelva nuestros problemas ecológicos, nos vamos a quedar sin planeta.

Hace una semana varios profesores de economía de la Javeriana conversamos con el economista ambiental Thomas Sterner, coautor del reciente reporte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Comentaba Sterner que, en todos los países que ha visitado, la gente está acostumbrada a ver en televisión a tipos muy serios y de corbata, que dicen ser economistas, sosteniendo que sería desastroso interferir con el mercado para arreglar problemas ambientales. Tanto peso tiene el lobby de los negocios, concluía, que no es sorprendente que la gente piense que esta es la postura general de la disciplina.

Que quede claro, entonces: el consenso abrumador de la economía neoclásica y ortodoxa es que el libre mercado va a fallar una y otra vez si esperamos que nos garantice un ambiente limpio a nosotros y a las generaciones futuras. No hay que ser de izquierda (no que eso esté mal), ni heterodoxo, ni marxista, ni vegano ni ninguna de las cosas que espantan a ciertas corporaciones y gente “de bien” para aceptar que, en cuestiones ambientales, la benéfica mano invisible del mercado es invisible porque no existe.

Cuando se estudia la relación entre la economía y el medio ambiente se encuentran por doquier las fallas clásicas del mercado, entre ellas las externalidades negativas. Y cuando el mercado falla el gobierno debe intervenir y corregirlo con vigor.

Hay externalidades negativas cuando una transacción no sólo beneficia al comprador y al vendedor, sino que también perjudica a terceros. No siempre las hay, y en esos casos no se necesita intervención gubernamental. Por ejemplo, no hay externalidades negativas cuando alguien va a cine, ya que se benefician él al ver la película y el dueño del teatro al recibir el dinero de la boleta, pero a los demás ni nos va ni nos viene. Pero sí que hay externalidades negativas cuando alguien llena el tanque de su carro, ya que no sólo se benefician el conductor y el dueño de la gasolinera, sino que nos perjudicamos todos los que tenemos que compartir la atmósfera con el uno y el otro. Lo mismo pasa cuando alguien consume carne de res, lo cual afecta no sólo al carnicero y a su cliente, sino a toda la población mundial. Esto se da porque las emisiones de metano provenientes del ganado contribuyen al calentamiento global casi tanto como el consumo de gasolina.

La solución más efectiva a las externalidades negativas es gravarlas o aumentar los impuestos al consumo de los bienes que las causan, hasta reducirlas a un nivel ecológicamente sostenible. Sería bueno ver que como país no sólo somos capaces de oponernos a la perforación en las inmediaciones de Caño Cristales, lo cual a pocos nos toca la billetera directamente. También deberíamos exigir mayores impuestos a la gasolina y a las cabezas de ganado para dejar de contribuir al calentamiento global. Porque, pese a las percepciones mediáticas, en este tema la recomendación mayoritaria de los economistas no es el laissez faire de Adam Smith, sino una intervención del gobierno en el mercado mucho mayor que la actual.

Luis Carlos Reyes, Ph.D., Profesor Asistente, Departamento de Economía, Universidad Javeriana

Twitter: @luiscrh
 

 

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