Por: Columnista invitado

Los efectos de una campaña que supo reinventarse

El triunfo de Juan Manuel Santos es la consecuencia natural de una campaña que supo reinventarse en la segunda vuelta electoral.

En tres semanas la campaña del presidente-candidato relanzó su mensaje, retomó la agenda pública y construyó una serie de alianzas con grupos independientes y de izquierda que encontraron en Santos el único camino viable frente a un adversario que no fue capaz de desactivar el mensaje de guerra y extremismo en que lo metieron, en forma efectiva, los voceros de la Unidad Nacional.

Santos pasó de una lánguida primera vuelta a una segunda en donde se sintió más candidato, más enfático en su mensaje y con un sentido de manejo de coyuntura mucho más aguzado que el de su adversario. Los uribistas pensaban que el escenario natural del candidato Zuluaga serían los debates electorales, y cuando estos llegaron, eran tantas las expectativas que habían creado, que el candidato del Centro Democrático desencantó y se mostró inferior a los anhelos de sus militantes.

En esos debates se vio a un presidente al ataque, preparado, con cifras, con ataques estudiados y eficaces, y con la capacidad de desestabilizar a un adversario que terminaba gritando o descalificando, a diestra y siniestra, para regocijo del uribismo y asombro del votante no sesgado que observaba esos arranques temperamentales con sorpresa y algo de desconfianza.

Los asesores de Santos supieron manejar a su favor el formato de los distintos debates, lo cual, al fin de cuentas, mostró la cara de un presidente decidido, amable, enfático y disciplinado no sólo en el mensaje que buscaba posicionar, sino en los golpes certeros que le dio a un adversario que en forma sospechosa evadió la última semana de debates.

Santos sigue en el poder aupado por el liberalismo, la U, un segmento importante del Partido Conservador y, especialmente, los sectores de izquierda e independientes. Es difícil adivinar cómo va a pagar tanto compromiso o cómo va a cumplir tantas iniciativas lanzadas en las últimas dos semanas, pero eso será harina de otro costal, por ahora, de lo que se trataba era de ganar, y se ganó.

La campaña de Santos tuvo más estrategia que la de Zuluaga. En la de Zuluaga lanzaron y lanzaron mensajes sin ton ni son que dificultaron el músculo persuasivo sobre sus posibles electores. La campaña de Santos supo ser más emocional mientras que la de Zuluaga apeló a las propuestas sin encontrar el tono emotivo que hubiera podido generar el ímpetu colectivo que lo llevara a la Casa de Nariño.

El ambiente estaba dado para una campaña emocional, pero Zuluaga se empeñó en llevarla al campo de los argumentos, las reflexiones y las propuestas, y cuando intentó salirse del formato el tema terminó en la “loca de las naranjas”. El problema es que mientras Santos promocionaba la paz mostrando la palabra en la palma de la mano y marcando un mensaje emocionante en todos los escenarios, Zuluaga seguía amarrado a un formato visual y sonoro en donde él era el vocero sin carisma de su aspiración y todo en torno a él se veía rígido, formal y poco atractivo.

La verdad es que el triunfo de Santos se lo ganó él a pulso en la segunda vuelta. Ahora le esperan nuevos desafíos. El país espera mucho de él en esta segunda etapa, y tuvo que padecer las consecuencias de cuatro años de muchos errores de percepción y realidad. Santos tiene mucho que celebrar, pero sobre todo, el hecho de que se haya quitado de encima el sirirí de que Uribe lo puso en la Presidencia. Hoy puede decir con satisfacción que sigue en la Presidencia... a pesar de Álvaro Uribe.

 

* Camilo Rojas Macías, estratega político

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

100 días son pocos para el cambio

El Acuerdo de París y el fracking

Fisca-líos

Cucurrucucú paloma