Por: Juan Gabriel Vásquez

Los ejércitos

SI ALGUNA TRADICIÓN TIENE LA NOVELA colombiana, es ésta: la permanente dificultad para enfrentarse a la realidad del país. Ha sido igual desde que el género llegó a su mayoría de edad, hace poco más de cincuenta años, cuando comenzaba a publicar García Márquez; desde entonces, la desmesura de nuestra violencia ha constituido un reto cruel para los novelistas, que han fracasado estrepitosamente cada vez que han intentado mirar la violencia a los ojos.

Fracasaron los llamados novelistas de la Violencia, que creyeron que era suficiente con la reproducción y la denuncia, y se les olvidó la literatura; han fracasado —con alguna excepción gloriosa— todos los que en los últimos años han puesto las palabras “guerrilla” o “paramilitares” en sus ficciones. La realidad siempre se las ha arreglado para dejar en ridículo los intentos de la ficción. Pues bien, eso acaba de cambiar. Los ejércitos, de Evelio Rosero, ha hecho lo que la literatura colombiana lleva varias décadas queriendo hacer.

Los ejércitos, como se imaginará el lector colombiano, son tres: los paramilitares, la guerrilla y las fuerzas que llamamos del orden. Son tres cuerpos anónimos, sin rostro, que entran y salen de San José, un pueblo del que no se nos dan demasiados detalles; sí se nos dan, en cambio, de las consecuencias de esas visitas, de la crueldad extrema y la desolación, de la irracionalidad y el absurdo de una guerra sólo movida por la inercia de la guerra misma. El pobre encargado de contar la novela de Rosero es Ismael Pasos, un viejo profesor que, en cosa de doscientas páginas, da testimonio paciente del descalabro de su pueblo y de su propia vida. Uno de los grandes logros de la novela es su voz, una voz que los lectores colombianos nunca habían escuchado antes, una voz que mezcla de maneras inéditas la resignación y el desespero, la pasividad y el odio más activo, la crudeza y la poesía. Una voz que, siendo absolutamente original, es deudora de una vieja presencia de la literatura latinoamericana: Juan Rulfo.

Lo han señalado ya varios de los comentaristas de la novela: Rulfo es una especie de tutor invisible de Los ejércitos, y es muy posible que el tono rulfiano sea precisamente la razón por la que la novela de Rosero logra contarnos el mundo que nos cuenta. Es el tono de cuentos como Nos han dado la tierra y El llano en llamas, pero sobre todo el tono de Pedro Páramo, cosa en el fondo muy apropiada: tanto la novela de Rulfo como la de Rosero son novelas donde todo el mundo está muerto. Los muertos de Pedro Páramo son fantasmas; los de Rosero son cadáveres que nada tienen de sobrenatural ni de metafórico, que son dolorosamente reales. Hacia el final de la novela, Ismael, que había comenzado la novela espiando la desnudez de su vecina de enfrente, ha dejado de tener tiempo para todo erotismo, y en cambio ha empezado a preguntarse si seguirá vivo. “Se trata del miedo”, nos dice, “este miedo, este país, que prefiero ignorar de cuajo, haciéndome el idiota conmigo mismo, para seguir vivo, o con las ganas aparentes de seguir vivo, porque es muy posible, realmente, que esté muerto, me digo, y bien muerto en el infierno”.

“Este miedo, este país”: una de las cosas espeluznantes de esta novela es lo que sucede cada vez que la palabra país aparece. “Ay este país, pobre en su riqueza”, dice Ismael en algún momento. Lo dice sin dramatismo —la voluntad de no hacer melodrama es una de las claves morales de Los ejércitos—, pero el contraste con la anécdota de la novela es tan brutal que el lector no puede menos que compadecerse. Porque detrás de los secuestros y las desapariciones y los asesinatos selectivos (que son como una columna vertebral de la historia), detrás de una de las escenas finales más duras de la literatura latinoamericana reciente, una sola pregunta va quedando: ¿cómo sería este país sin los ejércitos?

 

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