Por: Cecilia Orozco Tascón

Los elegidos sin maquillaje

“No es que yo sea enemiga de la prensa… lo que pasa es que cuando haces bien las cosas en política, cuando te rozas con el pueblo, los medios de comunicación son poco necesarios”: Aída Merlano, nueva y atractiva senadora del Atlántico por el Partido Conservador, elegida el pasado domingo con la no despreciable cifra de 73 mil votos, no solo admite que es alérgica a los periodistas fisgones sino que también acepta que su “modelo, inspiración y ejemplo” es Roberto Gerlein, la figura de cera que estuvo expuesta en una silla del hemiciclo de la cámara alta durante 48 años, en posición de sueño eterno.

Pues bien, Merlano, pese a su estética estampa física a la que la parlamentaria parece dedicarle muchas horas, no tiene en el presente sino eso: su físico, puesto que su ejercicio profesional  se ancla en el viejo clientelismo politiquero que sigue reinando en el Congreso colombiano aunque mute su cara anciana por rostros jóvenes y bien maquillados para engañar a los votantes y hasta a los analistas.

Mientras los barranquilleros y otros habitantes de la Costa ascendían a Merlano de la Cámara de Representantes al Senado, las autoridades allanaban su sede en donde encontraron $260 millones de pesos en efectivo y 50 mercados, además de otros objetos extraños en una campaña legal como máquinas contadoras de billetes, armas de fuego y 200 certificados electorales, según reportó la Policía a los medios que tanto disgustan, por fisgones, a la flamante congresista. Ayer se supo, además, que su hermana Vanessa Victoria Merlano y otras cuatro personas fueron capturadas mientras se les investiga por compra de votos y otros delitos. Otros elegidos para el Congreso idénticos a este caso que fue pillado, por excepción, están pasando desapercibidos por tontería nuestra o por conveniencia partidista.

Cambio Radical se declara triunfador porque tuvo más de dos millones de votos y duplicó su presencia en el parlamento. Eso sí, no cuenta cómo ni con quiénes logró el milagro. Unos ejemplos, para la memoria: en el Senado, Didier Lobo, exalcalde de La Jagua de Ibirico, investigado por Contraloría y Procuraduría por presunto robo de regalías de su pueblo, con 87 mil votos; Richard Aguilar, retoño de Hugo Aguilar, parapolítico condenado y millonario evasor de deudas, con 77 mil votos;  Daira Galvis, apoderada de alias la Gata, con 73 mil votos; Antonio Guerra de la Espriella, asociado al escándalo de sobornos de Odebrecht y hermano de ‘Joselito’, condenado por relaciones con carteles del narcotráfico en el proceso 8.000, con 55 mil votos. En la Cámara, por Magdalena, Carlos Mario Farelo, de 32 años, la mayor votación de su partido en ese departamento, hijo de una señalada parapolítica, con 56 mil votos; José Luis Pinedo, hijo de Miguel Pinedo, parapolítico condenado, con 23 mil votos. Y podemos seguir contando…

Otro tanto ocurre en los demás partidos. Se reclaman exitosos pero no revelan la historia detrás de las curules conquistadas. Y… bueno, ni hablar de las distorsiones de los candidatos presidenciales y sus mentores. Álvaro Uribe, con 870 mil votos es el senador con el mayor número de electores. Y ¿no es válido analizar qué sucedió con respecto al año 2002, cuando logró, como candidato a la Presidencia, 5 millones 800 mil votos, o cuando ascendió a 7 millones 300 mil, en el 2006? ¿Uribe va ganando o va desapareciendo aunque sea lentamente? Vargas Lleras, que presentó su nombre a la Presidencia por firmas y quien, incluso, regañó en público al director de Cambio Radical, Jorge Enrique Vélez, cuando a este se le zafó que Vargas era el candidato de su partido, ¿ahora resulta ser el dueño de las 2 millones 100 mil papeletas de esa colectividad?

Pero no todo ha de ser malo, no seamos pesimistas. Se ‘quemaron’ unos indeseables, bendito sea dios: Bernabé Celis, cuyo pecado menor es que golpea mujeres; José Obdulio Gaviria, difusor de odio y persecutor peligroso de todo aquel que no piense como él y su horda; Miguel Gómez, de la caverna abusadora del prestigio de los familiares muertos; Sofía Gaviria, liberal hipócrita, y otros más. Hay que llamar las cosas como son pese a que sea a disgusto de los interesados. Al pan, pan y al vino, vino.

 

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