A los embajadores Barco y Brownfield

Colombia unida respalda las decisiones del presidente Uribe, aunque es evidente que algunas de ellas causan descontento en los mandatarios de Ecuador y Venezuela.

Lamentablemente nuestros vecinos sancionan a los empresarios colombianos buscando que desfallezcan y pongan presión a nuestro gobierno para que ceda ante los intereses ocultos que ellos promueven.

Empresas de Colombia, agredidas, golpeadas pero valientemente solitarias , ven cómo les arrebatan importantes negocios y preciados recursos por las intempestivas medidas de los gobiernos de Quito y Caracas que, desconociendo tratados, acuerdos y contratos, cierran sus mercados y sancionan injustamente los bienes aquí producidos. Todo esto, en gran parte, porque los empresarios apoyamos a Uribe, defendemos la independencia con dignidad y a nuestro país con gallardía. Pero también porque apoyamos las importantes alianzas con el “hermano grande del norte”. Este “hermano grande”, sin embargo, no se ha comprometido con nosotros para compensar el daño económico causado por la venganza de Venezuela y Ecuador.

Bienvenidos los gringos siempre a Colombia. Pero no sólo los gringos policías con equipos antidrogas, que van a poner a temblar, ahora sí, a los traquetos de la guerrilla, sino también los gringos con dólares que quieren comprar nuestros productos. Los productos que ya no nos compran Chávez y Correa.

Embajadores Barco y Brownfield: Es el momento de enfrentar la realidad: O los Estados Unidos se pone las pilas para aprobar —cuanto antes— el TLC y garantizar así los recursos para suplir la injusta restricción de nuestras exportaciones a Venezuela y Ecuador, o muy pronto tendremos que cerrar compañías y despedir trabajadores.

Tienen ustedes que motivar a los líderes sindicales para que no sean miopes y dejen trabajar con eficiencia y pulcritud. Tienen que incentivar a los empresarios norteamericanos para que compren nuestros productos e inviertan en nuestro país. Tienen, embajadores, que lograr que el pueblo norteamericano nos vea como su aliado y no como su amenaza terrorista. Tienen que hacer que los políticos de ambos países dejen la vanidad y el egoísmo y se comprometan con nuestra causa apoyándonos con plata grande, no sólo con armas, personal y equipos.

Esa plata no es una limosna que los Estados Unidos nos tienen que dar por los muertos de nuestra guerra contra las drogas que allá se chupan o por la autorización para que usen nuestras bases militares o por ser “buena gente”, sino porque es un muy buen negocio: Tú me compras y yo te vendo. Tú inviertes en mi empresa y yo te produzco dividendos.

Embajadores, si esto no pasa pronto, los empresarios comenzaremos a preguntarnos si este sacrificio valió la pena. Si el hermano grande del norte fue el que nos dio la mano o el que nos acabó de hundir.

 Ricardo Kling.  Bogotá.

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