Los empleadores al banquillo...

En toda su aspereza reveló su editorial “Desaceleración económica y empleo”, la cuestionable conducta de buena parte del empresariado y los industriales colombianos quienes (con honrosas y, sobre todo, muy humanas excepciones) se aprestan a despedir a empleados en los meses venideros, según reciente encuesta de Fedesarrollo.

Más que preocupante, como cortésmente la llama el editorial, casi resulta aberrante la rapaz propensión de los industriales a no generar empleos en los buenos tiempos (embolsicándose todo el dinero fruto, en buena parte, del esfuerzo de sus asalariados) y a optar inmediatamente “cuando la tendencia cambia, así sea levemente” por reducir personal (¿de qué otra manera mantendrían sus millonarias ganancias?).

Si la generación de empleo formal es exigua, y si en el caso de “los trabajos no calificados (sin educación superior)”, éste dejó de crecer hace seis años (¡qué elocuente cifra!), los sahumerios verbales con que los ministros Luis Guillermo Plata, Óscar Iván Zuluaga y Andrés Felipe Arias cantan las grandezas de estos tiempos, están entre ser cuestionables y no valer un cacahuate.

Hay, a propósito, un viejo proverbio irlandés, según el cual “para saber lo que Dios opina del dinero basta con observar la conducta de aquellos a quienes se los da”, y otro ruso que reza: “Quien tiene dinero no debe temer la ley”; ambos ejemplifican el modo como el saber popular conjura las iniquidades que surgen cuando pocos tienen cada vez más (y simultáneamente casi toda la ley de su parte), un fenómeno típico de nuestro Gobierno con su política de “empleo” basada, en buena medida, en los “estímulos a la inversión”, la cual ha fortalecido ese estilo gerencial de “invertir mucho y contratar poco”, o de pagar bien sólo a algunos (para reventarlos, en la mayoría de los casos por sobreexigencia resultadista).

Mientras tanto, lo que sí ha aumentado es esa modalidad de empleo que el sociólogo israelí-norteamericano Amitai Etzioni denominó ‘McJob’ y cuyas características son “bajo pago, bajo prestigio, escaso requerimiento de habilidades, seguridad social intermitente y la supresión de cualquier posibilidad de avance dentro de las compañías”.

¿Dónde quedan, en esta era de infinitas bondades, las necesidades a escala humana estudiadas por el chileno Manfred Max-Neef? Fuera de las cifras inhumanas (glorificadas por los, a menudo, inhumanos dueños de las cifras), ¿cuántos nacionales tienen hoy empleos que les brinden más afecto, entendimiento, participación o un mejor disfrute del ocio, la interacción y la creatividad? Ojalá todos los colombianos, pudientes y desposeídos, advirtiéramos que casi siempre cuando los primeros señalan ante los medios (atrevidamente a nombre de los segundos) que todo debe seguir igual porque estamos en el paraíso, no son ‘las’ sino ‘sus’ finanzas las que marchan de maravilla. Imposible mejor cierre para un editorial que llama a los empleadores al banquillo: “El Banco de la República ha hecho lo que toca. Pero los responsables del empleo y el Gobierno en buena medida todavía están en deuda”.

 Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá

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