Por: Pascual Gaviria

Los encantos del campo

DESDE LO ALTO SE SUELE MIRAR A las ciudades propias con algo de compasión y rencor.

Por el zumbido de motor viejo que dejan escapar, por las diminutas rutinas de sus habitantes, por el desorden de sus casuchas en las laderas. Una enorme deformación empeñada en seguir creciendo. En una montaña cercana, al lado de los árboles y del prado alto que sirve de mirador, el fugitivo de la ciudad se dispone a juzgarla por sus depravaciones y sus mezquindades. La ciudad que ha enloquecido a tantos, la que enreda el hilo de todas las ambiciones, la que dispone colonias y normas según su lógica caprichosa.

Un poema de Carl Sandburg dedicado a Chicago es el libreto perfecto para los reproches: “Me dicen que eres perversa y lo creo, porque he visto, bajo los faroles de gas, a tus mujeres pintadas al acecho de jóvenes granjeros. / Me dicen que eres falsa, y yo contesto: Sí, es verdad, porque he visto a los pistoleros matar y luego ser puestos en libertad para que sigan matando. / Me dicen que eres brutal, y yo contesto: He visto el estigma del hambre en rostros de mujeres y niños”.

En cambio, en el campo cercano, todo parece girar bajo la tranquilidad de una rueda de molino: en silencio, siguiendo el impulso de la naturaleza. El trabajo se encarga de ordenar el mundo, la vida sencilla se ocupa de apaciguar los delirios aprendidos y esconder algunas trampas hechas para las multitudes. Pero si el visitante citadino decide quedarse unos días, poco a poco comenzará a ver un rastro de locura en el gesto sencillo del campesino que miga un pan mohoso para sus gallinas. Tanto silencio, tanta quietud, tanto anonimato pueden encargarse de embotar las cabezas más inocentes. Tendré que disculparme por temer la presencia de un loco frente al sencillo campesino que arrea dos terneros al final de la tarde.

La visión de Andy Warhol, un maniático de ciudad, sobre los campesinos en las profundidades de su país es perfecta para poner en una misma jaula a los habitantes del campo y las metrópolis: “Los campesinos empiezan a parecerse a los que no tienen hogar en las ciudades, porque ven muy poco a los demás y empiezan a volverse un poco chiflados. Cuando lo conocen a uno mejor y uno empieza a caerles bien, le cuentan algunas de las ideas que no han logrado verbalizar en años, y entre más los oye uno más se da cuenta de que esa persona está realmente loca. Sus pensamientos se han estado estrellando unos contra otros por ausencia de opiniones exteriores, y sus fantasías, así como lo que piensan del mundo exterior, se han vuelto chifladas…”.

Un nostálgico de sus días de campo como Cesare Pavese, se encargó también de componer un retrato reconcentrado y violento del país de viñas y ríos cristalinos de su infancia. El personaje de su novela La luna y las hogueras, luego de asombrarse con algunas costumbres torcidas en California y en Oakland, regresa a su ansiado jardín en Piamonte. El viejo silencioso que ahora habita su casa de infancia terminará por matar a golpes a su cuñada y a su suegra. Luego prende fuego a su casa y se ahorca. En la ciudad, la salvación puede estar en los fisgones que se asoman a la ventana, en la desconfianza y la maledicencia de los vecinos. En el campo no habrá más que los ladridos del perro amarrado a la cadena.

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