Los enemigos de la universalidad y la moral del “nosotros”

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Releyendo a George Steiner hace unas semanas, tras su muerte, volví a encontrarme con uno de sus planteamientos de más vuelo: la defensa de una ética universalista. Steiner decía que el origen de esta manera de entender el compromiso de los seres humanos para con los otros tenía raíces judías, y daba buenos argumentos al respecto. Un pueblo sin territorio, que carecía de fronteras nacionales donde resguardarse y convertir sus propias particularidades en norma de comportamiento, se veía obligado a pensar en un programa moral de mínimos susceptible de arraigar en todas partes, allí donde los prejuicios o las olas migratorias los llevaran. La creación del Estado de Israel generaba, por eso mismo, un dilema. Steiner entendía que después del nazismo se hacía más que necesario, pero al mismo tiempo temía que un territorio cimentado en un sionismo vehemente pusiera en riesgo el logro moral implícito en el cosmopolitismo y en la universalidad.

También es cierto que estas virtudes no siempre fueron vistas como tales. La historia política de varios países latinoamericanos prueba cómo los regímenes militares y los de sus herederos, los populistas, apartaron a los judíos —también a los comunistas y a los liberales— por ser individuos sin raíces o con intereses y aspiraciones apátridas. No se podía confiar en ellos, decían. No eran parte del nosotros; tenían ideas extranjerizantes y vínculos económicos o políticos internacionalistas. Y esa prevención a la posible infidelidad del judío o del comunista ponía en evidencia el vicio del nacionalismo y del pensamiento identitario: el sujeto en cuestión podía no preferirnos a nosotros, podía cometer el pecado de reclamar la universalidad de los valores, la igualdad o la justicia abstractas, sin circunscripción territorial o ligada al género o a la raza.

Esta universalidad vuelve a generar hoy la misma desconfianza. Hay un regreso furibundo de la moral del “nosotros” impulsada por los nacionalismos populistas y por la política identitaria. Unos y otros se venden a sí mismos como defensores de víctimas amenazadas por entidades poderosas. Los populistas se creen combatientes patrióticos que resisten a una amenaza externa, por lo general organismos internacionales como la Unión Europea o las élites económicas globales, que oprimen a los pueblos o lanzan a hordas de migrantes hasta sus fronteras. Los segundos combaten una amenaza omnipresente: el sistema, esa estructura fabricada por el hombre blanco occidental que no puede no estar viciada por la naturaleza heteropatriarcal, racista y homófoba de quien la creó e impuso.

Esta visión claustrofóbica y paranoide de la realidad convierte al populista y al identitario en un rebelde perpetuo. En un forjador de identidades nacionales, raciales o de género que luchan a favor de su grupo, desentendiéndose de los problemas comunes. En un redentor que tiene una explicación apriorística del funcionamiento del mundo y de sus males. En un juez que simplifica procesos complejos para apuntar siempre a un culpable predeterminado. En un comunitarista que no entiende la justicia más que como una causa popular de los suyos contra los otros, de su grupo contra el enemigo.

Y todo en nombre de la moral. De la suya, que le devuelve la imagen de sí mismo que quiere ver.

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