Por: Mauricio García Villegas

Los enemigos de mis enemigos

ENTRE LO MUCHO QUE SE HA ESCRIto después de la masacre de Charlie Hebdo leo un artículo de Michael Walzer que me parece particularmente interesante.

Walzer es profesor en Princeton, editor de la revista Dissent (una prestigiosa publicación de izquierda) y uno de los filósofos políticos más importantes del mundo actual. En este artículo, Walzer crítica la posición que una parte de la izquierda ha venido asumiendo frente al terrorismo islámico y en particular frente a los atentados de Charlie Hebdo del 7 de enero.

Estos pensadores de izquierda, dice Walzer, condenaron esos atentados, sin duda, pero su tono acusador no siempre fue el mismo. Mientras algunos repudiaron los hechos de manera incondicional, otros le pusieron muchos “sin embargos”. Entre ellos está, por ejemplo, Judith Butler, la célebre feminista norteamericana, quien sostuvo que los movimientos radicales islámicos, entre ellos Hezbolá y Hamás, hacen parte de una nueva izquierda progresista. También está el inefable Slavoj Zizek, para quien el radicalismo islámico representa el levantamiento de las víctimas contra la globalización capitalista. Otros, como los muy célebres Michael Hardt y Antonio Negri, ven el asunto como una expresión posmoderna contra la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo. Walzer habla incluso de la dificultad que han tenido algunos para condenar el secuestro de las estudiantes de Nigeria por parte del grupo Boko Haram.

Lo primero que sorprende, dice Walzer, es que estos mismos autores no tengan mayor problema en condenar otras expresiones religiosas extremistas, como por ejemplo las del movimiento nacionalista Hindutva, en India; las de los Monks de Myanmar o las de los sionistas mesiánicos de Israel. Esto muestra que lo que realmente les interesa es ponerse de lado de los marginados del mundo, con independencia de sus creencias religiosas y bajo la idea de que estas últimas importan poco. En este sentido parecen seguir la vieja tradición marxista que ve la religión como una deformación ilusoria de la conciencia. Su desatino espiritual es, parecen decir, poca cosa frente al valor de su resistencia.

Así, pues, la subestimación de la identidad religiosa, por un lado, y su reprobación de la globalización capitalista, por el otro, llevan a esos intelectuales a la fácil conclusión de que, en este caso, los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Se trata de una conclusión fácil, según Walzer, pues es evidente que no todo aquel que se opone a Occidente lo hace por tener un proyecto antiimperialista o liberador. Rusia y China, por ejemplo, se oponen a los valores y al imperialismo occidental, pero es claro que esa oposición se explica porque ambos países encarnan proyectos imperiales contrapuestos al occidental.

La izquierda debería reconocer, dice Walzer, que la religión es un asunto serio y real. No solo eso; que la condena incondicional de los atentados de Charlie Hebdo no implica ser islamofóbico (a nombre de todas las grandes religiones del mundo se han cometido actos terribles); ni plegarse a la idea del “choque de civilizaciones”, propuesto por Samuel Huntington; ni siquiera caer en la falacia “orientalista” que denunció Edward Said, es decir, en la incapacidad malévola de Occidente para juzgar al resto del mundo.

A veces ocurre que algunos enemigos de nuestros enemigos nos hacen ver que estos últimos no son tan malos como creíamos y que hay muchas cosas que nos aproximan a ellos. En este sentido, lo que sugiere Walzer es que la izquierda democrática está mucho más cerca del liberalismo capitalista, incluso de la derecha imperialista, que de los enemigos islámicos de Occidente.

 

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