Por: Lisandro Duque Naranjo

Los escritores fantasmas

CREO QUE ALGUNAS FRASES LAPIDArias, dichas por personajes importantes pero sin antecedentes literarios, les fueron hechas por publicistas o escritores.

La que pronunció, por ejemplo, Armstrong, cuando pisó suelo lunar luego de dejar la nave, “Este es un pequeño paso de un hombre, pero un gran paso en la historia de la humanidad”, debió ser el producto de un concurso entre autores de frases cortas convocado por la Nasa. Armstrong, espontáneamente, hubiera dicho algo mejor y menos retórico.

La frase de Kennedy “no preguntes qué puede hacer la patria por ti, sino qué puedes hacer tú por la patria”, bastante regular, debió ocurrírsele a uno de esos intelectuales que se la pasaban de juerga con el marido de Jacqueline.

Y bueno, de una obra mayor, La Biblia, dijo Samuel Goldwin que había sido escrita por un comité.

Hace quince años, en La Habana, conversé largo con el escritor fantasma de Mitterrand. El hombre estaba caído en desgracia por haber publicado, en edición facsimilar, los discursos de su autoría que leía como propios el presidente francés. El libro mostraba las pocas correcciones a mano que Mitterrand les hacía a sus textos antes de leerlos por televisión: un adjetivo acá, un tachón allí a una frase que el mandatario considerara innecesaria, etc.

Fui amigo del recientemente fallecido Jorge Eliécer Ruiz, del antiguo grupo de Mito, quien le redactaba a Belisario Betancur algunos de los discursos que tuvieran que ver con el tema cultural e histórico. Obvio que en este caso la ayuda era producto, más que de la falta de versación de Belisario, del escaso tiempo que al presidente le quedaba para discursear sobre los más disímiles temas. Una vez le pregunté a Jorge Eliécer si los textos que él escribía los modificaba mucho Belisario al leerlos, y su respuesta fue: “Claro que sí, él los adecúa a su estilo poniéndoles el “listo Medellín cabina ocho”.

Los escritores fantasmas —“negros”, se les dice también—, a veces resultan siéndolo sin proponérselo. Es decir, que los roban: el cineasta brasileño Ruy Guerra me contó en el 94 de su demanda a Vargas Llosa por haber utilizado, en su novela La guerra del fin del mundo, los datos de su investigación sobre los coroneles amazónicos. Ruy le había entregado al escritor ese guión para que le hiciera los diálogos a una película que finalmente nunca filmó. Ignoro en qué paró eso.

Ahora resulta que para un género tan chiquito como el de los trinos se utilizan también escritores fantasmas. Quizá con razón, pues para redactar 140 caracteres que impacten al lector se necesitan expertos en el aforismo, un género cuya gracia radica en aprovechar la brevedad para condensar en ella un exceso de sabiduría. Algo así como “Estaba tan desnuda que no atinaba a ponerse nada encima”, de Arreola, o “Le dio el último retoque a su obra: la quemó”, de Lichtenberg. La semana pasada Jerónimo Uribe desmintió la autoría de su padre en un trino que decía: “Si Colombia es Jesús, Juan Manuel Santos es Judas”. El buen hijo informó que esa máxima era de otro, pues “el twitter @AlvaroUribeVel es coadministrado por un grupo”. Ya me figuraba yo que tenía que haber mucha gente quemándose las pestañas para producir esas sentencias tan memorables. José Obdulio, quien ha comparado los trinos de Uribe con los Ensayos de Montaigne, debió haber aclarado que ese es un trabajo de equipo. Al que para pertenecer hay que saberse de memoria el Duelo del Mayoral.

JOG, en cambio, no necesita de escritores fantasmas, porque él mismo es ya una especie de fantasma del anterior régimen que no se resigna a salir por chatarra. Sus últimos trinos contra el escritor Óscar Collazos, a quien aproxima a la condición de “terrorista”, se parecen, aunque sin palabrotas escatológicas, a los que garrapatean en los foros de los periódicos algunos paracos. A cuidarse Óscar de las embestidas de ese jabalí herido.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lisandro Duque Naranjo