Por: Héctor Abad Faciolince

Los escritores que matan

Hace dos o tres meses, en un editorial muy polémico con el que nadie polemizó, la revista Arcadia criticaba —por sosos y aburguesados— a los escritores de hoy en día, que se pasan la vida viajando, de feria en feria, de fiesta en fiesta y de coctel en coctel.

Citando a Daniel Kalder, un escritor escocés, Arcadia se preguntaba qué se hicieron “los escritores que se han atrevido a matar”. Y a continuación hacía su propia lista de escritores que “asesinaron” (el verbo era inexacto, pues lo que hicieron fue matar en combate, como soldados, pero en fin): Cervantes en Lepanto, Lope en el mar, Tolstoi en Crimea, Churchill en Sudán… No había que ir tan lejos; podrían haber mencionado a William Burroughs, que mató de un disparo a su mujer, Joan Vollmer, o a un par de filósofos franceses: Louis Althusser, que estranguló a su esposa, Hélène, o a Jean Paul Sartre, que no mató con sus propias manos, pero que sí llegó a aconsejar (a los pueblos oprimidos del Tercer Mundo) el asesinato, aunque sólo de hombres blancos. Y un escritor mediocre, pero muy aventurero, le cogió la caña, y mató sin hígados: el Che Guevara.

La conclusión de Arcadia era muy melancólica: los aburridos escritores de hoy en día no tienen “experiencias oscuras” ni “vocación de abismo”, viven alejados “de la dura suciedad de la vida real” y están tan apoltronados que no se sublevan “ante las falsas libertades del capitalismo”. Para ilustrar, en cambio, al escritor aventurero, en la foto salía Hemingway, apuntando con una escopeta. Él, al menos, mataba elefantes, o se mataba a sí mismo, que ya es algo. Yo debo reconocer que me sentí tristemente aludido por ese editorial. Viajo más de lo que quiero; asisto a las presentaciones de mis libros; contesto siempre lo mismo en las idénticas entrevistas que me hacen, y sobre todo (y más grave aun) no he matado a nadie.

Desde ese día no hago más que preguntarme a quién podría matar yo para ser considerado un escritor serio, apasionado, apasionante, metido en el sucio mundo de la vida real. ¿A mi mujer? Me da pesar, tiene dos hijos chiquitos. ¿A algún expresidente de la República? ¿Quién no habrá tenido ganas de matar a un expresidente? Pero para decir la verdad, es un mal pensamiento pasajero, con el que no me embeleso. ¿Al vecino de la música electrónica constante? Hombre, no es para tanto. ¿A un jefe guerrillero o paramilitar, en directo ante las cámaras, durante una entrevista? Si digo que sí, nunca me van a dar una entrevista… ¿Al presidente del Banco Mundial, o a Obama, por aquello de “las falsas libertades del capitalismo”? No, francamente, por indignado que esté, no me siento capaz. Más bien me resigno a ser el aburrido que soy, y sigo practicando el quinto mandamiento. ¿Al menos un conejo en una cacería? Ni siquiera. ¿Una mosca, pues? Eso sí; me voy a comprar un matamoscas.

Qué voy a matar yo, si ni siquiera robo. El otro día otra revista virtual hizo una gran encuesta sobre libros. La pregunta número 29 era: “Uno que se haya robado”. Pensé y pensé y nada. ¡Qué pelota, qué güevón! No solo no he matado sino que ni siquiera he robado libros. En cambio todos (o casi todos) mis colegas, impertérritos, dieron su título de libro robado. Entonces pensé: pues bueno, los escritores de hoy en día son tan jartos que no han matado a nadie, pero al menos ladrones sí son. Como roban “cultura”, supongo que se sienten disculpados. Me sentí pésimo, cada vez más hundido en la mediocridad, cada vez más aburrido. Pero me hice un propósito: jurarle a la directora de Arcadia, Marianne Ponsford, que la primera vez que me invite a una fiesta en su casa (parece que hace muchas), no la voy a matar, eso no, pero al menos un libro sí me le voy a robar. Y ya sé cuál: la primera edición de Poeta en Nueva York.

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