Por: Columnista invitado

Los espacios expiatorios del desarrollo

Los desiertos a menudo son vistos como espacios abiertos, océanos de arena y cardos comúnmente deshabitados. Las personas que allí se encuentran son percibidas como si no viviesen permanentemente en ellos, seres itinerantes, económicamente improductivos, que ocupan la periferia de la nación. De allí que en algunos países los desiertos han sido los escenarios comúnmente escogidos para la realización de las pruebas atómicas, los ejercicios militares o el almacenamiento de desechos nucleares. Esa percepción de los desiertos ha llevado a que autores como Debora Kuletz en su ensayo Invisible spaces, violent places los definan como espacios expiatorios, áreas de sacrificio en los altares del crecimiento económico de un país o de su seguridad nacional.

Las zonas desérticas o semidesérticas pueden albergar como en nuestros país importantes yacimientos mineros o grandes reservas de hidrocarburos, de allí que también sean vistas por algunos agentes económicos como mero reservorio de recursos, un bien material que tiene un valor específico en el mercado aunque se trate de áreas tradicionalmente habitadas por pueblos indígenas y protegidas por su condición de resguardos. En otros casos las zonas semidesérticas sirven para ocultar las carencias de servicios de los centros urbanos. Así en ciudades colombianas como Riohacha, que surgió como un enclave hispánico en un territorio indígena, las basuras han sido históricamente arrojadas en las salidas de la ciudad, en áreas ancestralmente ocupadas por numerosos asentamientos wayuu. El desierto sirve precisamente para enmascarar el daño que esto pueda hacer a la tierra y a las gentes que la habitan y para legitimar el uso de esos lugares como recipientes habitualmente adecuados de múltiples desechos. Al mismo tiempo que se reafirma su condición de espacio improductivo, se niega la existencia de sus habitantes históricos, que son invisibles precisamente porque carecen de poder.

En contraste, para los seres humanos que habitan el desierto este es percibido como territorio: un conjunto de lugares socializados y humanizados por la acción de seres míticos y de ancestros humanos o animales que constituyen el recipiente de los muertos y de la memoria grupal. Lejos de ser considerados como espacios vacíos, los desiertos están conformados por una red topológica de lugares y caminos formados por las huellas del pasado que les llenan de sentido.

Urge un diálogo sostenido en Colombia entre los agentes institucionales y económicos y las comunidades que lo habitan: indígenas, afrocolombianas y campesinas, sobre la valoración del territorio, pues este es el espacio privilegiado en donde emergen las tensiones ambientales y sociales que expresan no solo diferentes maneras de ver el «desarrollo» o el «bienestar», sino la relación con el entorno, la democracia y la sociedad deseada. El país no podrá armonizar el proyecto de marchar hacia un orden social o económico deseado sin haber buscado un consenso sobre la valoración común del territorio, pues este permite a los seres humanos disponer de un punto definido de origen y un destino específico que provee los más importantes componentes de su identidad personal y social.

 

*Weildler Guerra

 

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