Por: Cartas de los lectores

Los espectaculares reportajes de Gabo

Nuevamente El Espectador nos sorprende con la publicación de reportajes del Nobel Gabriel García Márquez escritos hace más de medio siglo, y no por haber sido escritos en 1955 dejan de ser una radiografía del país de la primera década del siglo XXI: violencia, desplazamiento, el problema cafetero, las inclemencias del invierno, las mentiras oficiales... las promesas... el incumplimiento.

Como si nada hubiera cambiado en los últimos 50 años, sólo que en aquella época eran los periódicos los encargados de actualizar la realidad nacional. La diferencia de hoy sólo radica en que las tragedias se conocen al instante por ese vertiginoso desarrollo de la tecnología.

Ese tipo de reportajes devuelven el tiempo y lo ubican en los sucesos reales de la época con los detalles más interesantes, con fotografías del momento. Pero lo más bonito que uno descubre con la relectura de estos reportajes es el protagonismo que el periodista Gabriel García Márquez le da al ciudadano de la calle, al de ruana, a la gente sencilla. Son lecciones de vida, son lecciones de verdadero periodismo. En sus reportajes siempre encontramos, con nombre propio, al campesino cafetero, al soldado, al damnificado, al deportista, a la señora de la tienda, cada uno cargado de esa filosofía popular que deja enseñanzas para el resto de la vida.

Los programas de comunicación social y periodismo tienen ese excelente material para reflexionar sobre la realidad colombiana de la primera mitad del siglo XX, pero también identificar los aspectos que hacen interesantes y agradables los reportajes: lenguaje preciso, excelente puntuación, párrafos cortos, temas y subtemas. Predomina la sencillez de la escritura y por eso los reportajes son tan amenos. Estas cualidades casi ya no se practican. Hay que ver cómo los jóvenes escriben un correo electrónico: para ellos los signos de puntuación son innecesarios, menos la separación de ideas. Inclusive, algunas columnas de opinión caen en estos defectos que entorpecen el ejercicio periodístico.

Y lo más importante de todo, el legado que los reportajes de hace 50 años nos dejan: la verdad por encima de todo, la actitud cristalina de quien escribe y la estética para decirlo. Un bonito y práctico homenaje de El Espectador al periodista... que luego se convertiría en símbolo de la literatura latinoamericana.

Ana María Córdoba. Pasto.

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