Los espejismos de la inmediatez

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Hace miles de años hubo glaciaciones que cubrieron la tierra, océanos y mares, largos veranos devenidos en megasequías que acabaron con imperios como el neoasirio en el siglo VII a. C., o contribuyeron al colapso de civilizaciones como la maya. Así mismo, una tardía edad de hielo en los inicios del Medioevo, siglos V y VII, marcó el principio del fin del Imperio romano.

De igual forma una fauna gigante entre la que se contaba el tiranosaurio, Tyrannosaurus rex, acabó atorada en las fauces del cambio climático, como acabarán los tiranos, tyrannus, en las de las democracias cuando estas cumplan el ciclo de formación en el que aún gravitan de manera imperfecta e irregular las diferentes formas de gobierno y poderes que las caracterizan, manipulan y direccionan.

Lo cual, igual que las eras geológicas, es de presumir demandará largos periodos de tiempo, a menos que los cambios políticos y sociales, igual que ocurre en los universos cuánticos, hagan uso de catalizadores, en este caso humanos y sociales, que los aceleren y precipiten como en efecto ya ocurrió en otros periodos de la historia de la humanidad: en la Revolución francesa de 1789, en las guerras de independencia del siglo XIX, y en la Revolución rusa de 1917, solo para citar los más próximos en el estadio de la modernidad.

Que el mundo será otro, o no volverá a ser igual después de la pandemia del coronavirus que deambula arrogante por este que habitamos, es voz multiplicada que resuena hueca produciendo la sensación de que está ocurriendo algo nunca visto ni presentido por la humanidad, cuando apenas si se han operado cambios de momento en los hábitos, usos y frecuencias en el comportamiento y quehacer del individuo que no van más allá del lavatorio de manos con agua y jabón, el uso de tapabocas y la desinfección de cosas y objetos de uso corriente.

En veces, la observancia obligatoria de ciertos protocolos que den en mantener a raya al invasor.

Nada nuevo bajo el sol de la pandemia se ha producido en el universo mundo: ningún descubrimiento científico capaz de alterar en provecho de la humanidad sus comportamientos y preservación como especie; ninguno en las relaciones sociales, en la estructura económica o en las instituciones políticas.

Ni siquiera en la cultura como hacer humano de carácter colectivo. Ni en la literatura y el arte como expresiones estéticas idealizadas de los sacudimientos y transformaciones que acompañan cambios de la magnitud del que se proclama con altisonancia ha producido la pandemia.

Ya quisiera uno tener la certeza, una prueba fáctica, de si el cambio del mundo anunciado con ruido de big bang un día después de la aparición del COVID-19 está produciendo en Colombia con igual velocidad a la de propagación del contagio un nuevo modelo de atención, prevención y provisión efectiva por parte del Estado de la salud pública y servicios sanitarios básicos a su población en general y, con carácter inmediato y en mayor proporción, de aquella en situación económica deprimida y vulnerable.

O generando, en alianza con el capital y la empresa privada, el empleo que demandan contingentes de ciudadanos sin trabajo. O el mínimo vital para garantizar la subsistencia de millones de familias sin capacidad económica de demanda. O la conectividad en el campo y las ciudades que requiere el modelo de educación virtual incluyente que la pandemia ha forzado a imponer mayoritariamente a nivel global.

En fin, de los espejismos de la inmediatez, de lo instantáneo y fugaz, no puede esperarse más que confusión.

@CristoGarciaTap

* Poeta.

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