Los Estados desconocidos

Así deberíamos llamar en Colombia a la Unión Americana, conforme a ciertos equívocos sutiles que —tras los últimos acontecimientos políticos en el coloso norteño— inundan nuestra prensa (patentizando cuán confuso resulta ‘aquí’ aquello que suponemos conocer al dedillo sobre la circunstancia ‘allá’).

Evidentemente, en medio de la expectante complacencia que en casi todo el planeta suscitó la nominación de Barack Hussein Obama Jr. como candidato del Partido Demócrata (y potencial presidente, con la respectiva conmoción simbólica global, de los Estados Unidos de América), alarma que aun sobresalientes firmas y diarios nacionales deslicen en sus páginas imprecisiones sobre la patria de George Washington.

Eso atestiguan triviales detalles (que estrictamente analizados no son tan triviales). Algunos de aquellos descuidos se han filtrado en El Espectador. Dos para la muestra: el viernes 13 de junio, en el segundo párrafo de la columna “Valió la pena”, motivada por el fenomenal Obama, Carlos Villalba Bustillo consignó: “Valió la pena —diría ahora El Leñador de Kentucky— haber emancipado a los esclavos para gratificarles su respaldo a la causa confederada...”. Si con “El Leñador de Kentucky” el autor aludía al Abraham Lincoln que conocemos, difícilmente podría aquel gran Presidente haber gratificado respaldo alguno a la causa confederada (la cual, es también dudoso que hubiesen defendido los negros emancipados, pues dicha causa fue presidida, desde Richmond, Virginia, por Jefferson Davis y defendida con notable genio militar, durante toda la Guerra de Secesión, por el general Robert Edward Lee ¡al mando del ejército sureño!). Indudablemente, Lincoln sí gratificó el apoyo a una causa: la de la Unión, a la cual ofrendó su vida, el 14 de abril de 1865, cuando John Wilkes Booth lo asesinó.

Asimismo, William Ospina, en otra columna inspirada por el presente estadounidense (“Los vientos del norte”, aparecida el domingo 15 de junio), incurrió en imprevisto gazapo al comentar así la campaña: “sólo eso explica que en un momento tan crucial se hayan disputado por primera vez la candidatura demócrata una mujer y un descendiente de esclavos”. Por supuesto, Hillary Clinton es mujer, pero ¿de dónde saca Ospina que Barack Obama desciende de esclavos? ¡Cuidado!

Asumir que todo afroamericano procede de esclavos conduce de la metáfora estereotipada a la generalización prejuiciosa. Veamos: la mamá de Obama, Ann Dunham, oriunda de Wichita, Kansas, era blanca y por ende bien improbable pariente de esclavos; a su turno, el padre de Obama, Barack Obama, Sr., nació en 1936 en el villorrio de Nyangoma-Kogelo, a la orilla del lago Victoria, en el distrito de Siaya, Kenia, y jamás fue esclavo: ni en Estados Unidos (adonde arribó para estudiar economía en la Universidad de Hawai hacia 1959, casi un siglo luego de abolida la esclavitud), ni en Kenia, pues su padre (el abuelo del actual candidato demócrata), Hussein Onyango Obama, fue trabajador libre, primero como cocinero de las misiones europeas en Nairobi y luego como miembro del ejército colonial británico en la Primera Guerra Mundial.

Además, es superfluo sondear el árbol genealógico de los Obama, pues dicha familia pertenece a la tribu Luo (demográficamente la tercera etnia keniana en importancia), cuyos contactos con los blancos fueron los más armónicos en Kenia (nunca les expropiaron sus tierras y, a diferencia de, por ejemplo, los kikuyo, no participaron, en el alzamiento guerrero Mau-Mau, de 1952 a 1960, contra el Imperio Británico). Conclusión: el hoy prodigio Barack Obama desciende de seres humanos dignamente libres.

Sin embargo, no sólo El Espectador incluyó errores semejantes. El otro orgullo de la prensa bogotana, El Tiempo, tampoco escapó a ellos: de hecho, el mismísimo editorial del jueves 5 de junio titulado “Cinco meses de infarto”, al analizar el desenlace de la campaña demócrata, afirmó lo siguiente: “La sociedad estadounidense tiene un desconcertante potencial para cambiar y rectificar (...) cuando el momento lo exige y de voltear la página de las políticas del pasado, como Obama anunció que lo haría en su vibrante discurso en Montana” (buscar Google: “vibrante discurso Obama Montana”); ciertamente, en Montana sí fueron las últimas primarias demócratas conquistadas por Obama, pero su discurso triunfal, ese donde pidió voltear la página de la historia (cuyo texto se consigue en numerosas páginas web), fue pronunciado en el Xcel Energy Center de la ciudad de St. Paul, en Minnesota (quienes lo vimos por CNN lo observamos referirse a Minnetosa numerosas veces).

¡Horror!, si El Espectador y El Tiempo, luces del entendimiento nacional, albergan tales vaguedades sobre los Estados Unidos, ¿qué esperar del compatriota promedio? ¿Por qué nos ofusca que europeos y gringos confundan a Colombia con Bolivia? ¿Por qué si el fantasma del presidente Valencia brindando por España ante el general Charles de Gaulle aún ronda? Grave cosa es que los colombianos —aun notables periodistas— tomemos a Montana por Minnesota, o a la Unión por la Confederación, o a cualquier afroamericano por nieto de esclavos. Enojoso e injusto para con los estadounidenses.

Tanto como para nosotros sería leer en la prensa norteamericana que ganamos nuestra independencia en la batalla de Bogotá (y no en Boyacá), o escribir Tunja en lugar de Tenjo. Tal es nuestra inconsistencia, nos irrita el yanqui que confunde al sibundoy de Nariño o Putumayo con el kogi de la Sierra Nevada, pero no distinguimos al seminola de Florida del pies negro de Montana, y a ninguno de los dos del indio de las cajas de cigarrillos. En consecuencia, vale la pena recalcar algo: para conseguir reconocimiento, mejor comenzar dándolo.

 Alfredo Gutiérrez Borrero. Bogotá.

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