Por: Eduardo Barajas Sandoval

Los facilitadores ocultos de Ratko Mladic

Tras la captura de Ratko Mladic es urgente aclarar el papel que jugaron poderes extranjeros, y tropas de Naciones Unidas, en el entorno que permitió el asedio de Sarajevo y el asesinato de miles de bosnios en Srebrenica; mancha de sangre y vergüenza de Europa en la última década del Siglo XX.

El tema no se puede dejar abandonado, porque cuando se captura y se juzga al ejecutor directo de ciertos crímenes, no se ha perfeccionado aún la administración de justicia. Para que ello suceda es preciso ir más allá y ver hasta dónde van a dar los hilos.

El Presidente de Serbia, Boris Tadic, principal interesado en la aproximación de su país a la Unión Europea, ha podido por fin anunciar la captura del presunto criminal más buscado del continente en los últimos quince años. Con cara de enfermo y de loco, nuevas versiones de la apariencia que tuvo en los años de sus peores andanzas, Ratko Mladic parece haber pasado al menos los últimos dos años protegido por la comunidad de una aldea en la que muchos todavía le consideran un héroe, al punto de haber pensado en cambiar su nombre de Lazarevo por el de Mladicevo.

Protagonista de hechos que el mundo vio con horror en las pantallas de televisión, a la manera de una serie macabra, de esas que borran las fronteras de la ficción con la realidad, Mladic fue el ejecutor principal de las acciones militares concebidas por los serbios de Bosnia que se opusieron desde dentro, por la vía de las armas, a la declaración de independencia de Bosnia – Herzegovina, una de las antiguas repúblicas de la federación yugoslava, que quiso seguir el ejemplo de Croacia y Eslovenia, bienvenidas de inmediato a la comunidad internacional al ser prontamente reconocidas por los principales países occidentales.

Los serbios de Bosnia – Herzegovina estimaron que su situación dentro de la nueva república independiente sería a todas luces precaria y por lo tanto resolvieron desatarse de la sociedad política que hasta entonces, y desde la época de Tito, les unía a bosnios musulmanes y croatas en una amalgama que para muchos fue ejemplo de convivencia pacífica. En vista de las circunstancias, resolvieron fundar por su cuenta una “República Serbia de Bosnia”, afiliada a lo que para ese momento quedaba de Yugoslavia, bajo el comando de la República Serbia presidida por Slobodan Milosevic.

Las decisiones políticas de la conducción de la nueva república de los serbios de Bosnia estarían en manos de Radovan Karadzic, hoy ya a disposición del Tribunal Penal Internacional para los Crímenes de Guerra en la Antigua Yugoslavia (TPIY), y obedecían a la idea de mantener “limpias” las zonas habitadas por serbios, mediante la expulsión de todo elemento “extraño”, lo que en términos reales implicaba deshacerse, mediante la expulsión o el exterminio, de croatas y bosnios musulmanes, condición heredada por este grupo de eslavos desde los viejos tiempos de la dominación turca de los Balcanes.  Por supuesto también había que combatir a los impulsores de la Bosnia – Herzegovina independiente, para entonces ya reconocida por los Estados Unidos y los países más significativos de la Unión Europea, y disputarles la capital, Sarajevo.

El asedio de Sarajevo, dirigido por Mladic, tuvo el significado de atentar contra una ciudad que por siglos fue modelo de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos y en épocas más recientes entre bosniacos musulmanes, croatas y serbios.  Con crueldad inaudita se atacó desde las montañas circundantes a una ciudad indefensa, metida en un valle, como una batea de la naturaleza, aprovechando todas las ventajas que la geografía facilitaba a cazadores de seres humanos,  que hicieron uso despiadado de armas de precisión para bombardear hospitales, mercados callejeros y transeúntes, a voluntad.

La matanza a sangre fría de más de ocho mil hombres musulmanes, durante los días 10 y 11 de julio de 1995, tuvo lugar luego de tremendas advertencias sobre lo que se veía venir. Juan Goytisolo, quien para la época visitó  la zona, mencionó desde entonces la perfidia de la que habrían sido objeto los musulmanes atrapados en Srebrenica por parte de un general francés al que trataron de retener como garantía de su seguridad, lo mismo que la inacción de tropas holandesas y ucranianas, miembros de la famosa UNPROFOR, Fuerza de Protección de las Naciones Unidas, que nada hicieron, o pudieron hacer, ante la inminencia de la masacre. También mencionó Goytisolo, desde esos días, en el contexto de su Cuaderno de Sarajevo, la manera en la que de pronto en ciertas capitales europeas, París y Londres según sus cuentas, se veía con entusiasmo el fortalecimiento de Serbia, que compensaría en los Balcanes la influencia que la Alemania recién unificada podría ejercer en Eslovenia y Croacia.

Mladic no está loco ahora. Siempre lo estuvo. Se creyó su invención. La de su causa y su  invencibilidad. La de su misión destructora. La de la revancha histórica contra los bosnios musulmanes. Nadó siempre en su narcisismo, en su vanidad y en su adoración por ese nacionalismo que se puede llegar a convertir en enfermedad, alimentada por factores colectivos, acentuada en condiciones de asedio y momentos decisivos que hacen pensar que la vida de la propia comunidad está en una balanza que hay que inclinar en el propio favor de cualquier manera.

Deben enviarlo cuanto antes a La Haya, a órdenes del Tribunal Penal Internacional que trató ya de juzgar a Milosevic, hasta que se murió, y ahora se ocupa, entre otros, de Karadzic. Que lo juzguen. Pero también los jueces se deben ocupar de establecer las responsabilidades criminales o políticas de esos otros actores que de una u otra manera permitieron o facilitaron el clima para que se llevaran a cabo las atrocidades de las que Mladic fue protagonista, aprovechando precisamente de un entorno favorable.

 

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