Los fantasmas del patio de mamá

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En el instante en el que todo levita hacia las sombras, un níspero enano y el rumor de un viento que empezó a las cuatro de la tarde pujan por esconderse entre los mangos.

Las gallinas, como si un dormir perpetuo de plumas y huevos de viento las convocara a los balcones de las ramas de Totumo, inician el ritual de sus sueños de pequeños picotazos, bostezos y lejanos cacareos.

Sobre el alero de la cocina, un cuarto de luna menguante amenaza caer; a las diez de la noche ya habrá hendido con su hacha de luz las ramas de un aguacate que crece con sigilo hasta el cielo. Nunca ha dado un fruto, pero en cambio deparaba un festival de hojas que convocaba al alba todas las escobas de mi calle del alma.

Aun, los ruidos que alegran el cielo nocturno de mamá no alcanzan a percibirse. No ha llegado su hora. Ni las estrellas son todavía ese enjambre titilante que de niño me empecinaba en contar, pero que al tiempo se me escurrían por entre los dedos de mis manos cuando creía tenerlas ordenadas.

Las estrellas son solo para mirarlas, me repetía, para bautizarlas y contarlas por sus nombres de mujeres mitológicas y dejarlas, hasta el fin de los tiempos, que se consuman en las cavernas sin fondo del cosmos.

Con sus ojos de mar, empieza a escudriñar mamá el inmenso mapa de Cocuyos flotantes que caen sobre los patios de mi pueblo repleto de luz, de una luz que no se oxida ni se resiente por el salitre inmemorial que llevan de todos los recovecos del mundo los vientos cantarines del Caribe.

Cuando acabe su noche, Jesusita habrá contado entre ocho y doce aviones, habrá adivinado la hora y las coordenadas de las ciudades que partieron; el nombre de cada uno de los tripulantes de aquellas naves del cielo.

A la hora en que el sueño del níspero enano y de los mangos deviene en un silencio espeso y verde, y el suspiro de las gallinas se vuelve de una tonalidad de grillo empieza el susurro y los misterios del patio.

Su cópula es en la medianoche con la soledad de los días, con la sed de las matas enterradas hasta el cuello en tinajones sin edad, con el zumbido de abejones pregoneros de visitantes que nunca llegaron.

A esta hora ya mamá no es el patio. Entre el ultimo avión de la noche y el canto ronco y destemplado de un gallo que hace sus primeros aprendizajes, se ha quedado dormida. Ha trasladado a los sueños los tejemanejes del día y las palabras, que su memoria de vidrio hilvana con primor, se quedaron sin usar en el trajín de una cotidianidad.

En la quietud del patio, en ese útero de tierra y vegetales que me da a luz perpetuamente, alguien, tal vez la luna que ya ladea sus bordes hacia la madrugada, me avisa de los fantasmas que vuelven de otros mundos con su tropel imperceptible de ángeles y pájaros gigantes, de muertos que vienen a saludarme, a conocerme los que no conocí en sus tiempos, a dolerse del dolor de la desmemoria y el olvido, de la falta que les hace una flor, un vaso de agua en sus altares en sus cruces sin nombre.

Los hay quienes vuelven por la penumbra sigilosa de otra edad; por el tiempo en que la sangre empezaba sus hervores. Vuelven a redimir los besos que el miedo apenumbró entre los limoneros y las astromelias. Por el olor de los azahares en flor y los ciruelos, vuelven los fantasmas de las novias ejanas.

Y todo es el patio. Las noches de luna y de lluvias. Sus ruidos y susurros, sus jadeos. Sus tardes de oropéndolas y azulejos. El patio luminoso de mamá. El recóndito vientre en el que aun mora la infancia.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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