Por: Gustavo Páez Escobar

Los goles de la mafia

El anuncio de Felipe Gaitán, presidente de Millonarios, de devolver por lo menos dos de las estrellas ganadas por su equipo, revive el capítulo de la corrupción que vivió el deporte colombiano en los años ochenta del siglo pasado.

Orestes Sangiovanni, presidente del América, dice que esa idea es antijurídica. Por lo tanto, su organización no devolverá ningún título. Ramón Jesurún, presidente de la División Mayor del Fútbol Colombiano, aplaude la iniciativa de Gaitán, aunque reconoce que ese acto no está contemplado en ningún estatuto del fútbol.

Esto no lo ignora el presidente de Millonarios, pero su decisión va más allá de la letra de los estatutos: consiste en lanzar un mensaje moral para que la actividad deportiva no vuelva a tener las manchas que mostró en el pasado, cuando los narcotraficantes se apoderaron de los deportes como medio para lavar sus dólares sucios. Por aquellos días, Novarro, arquero argentino, denunció la infiltración de la mafia en el fútbol colombiano.

Esa época bochornosa fue denunciada por el periodista Fabio Castillo, jefe del equipo investigativo de El Espectador, en su libro Los jinetes de la cocaína (1987), un año después del asesinato de Guillermo Cano. Se trata de un documento valiente y estremecedor que bien vale la pena repasar en los tiempos actuales.

Señala Castillo que todos los organismos del deporte, incluso Coldeportes, estaban permeados por la mafia. Se acostumbraron a convivir con ella. Ninguno protestó, porque era más cómodo disfrutar del dinero fácil. Ese era el estilo del país. Hasta tal punto llegó la desfachatez, que Hernán Botero Moreno, principal accionista del Atlético Nacional, aparece en una foto exhibiendo un puñado de dólares ante el árbitro, durante un partido en el que su equipo fue derrotado. Botero, dueño entonces del Hotel Nutibara, poseía una firma importadora de éter al servicio del narcotráfico.

A esa época corresponde el episodio conocido como la “maleta de Fonseca”, en la cual se transportaron 250 mil dólares enviados por los hermanos Rodríguez Orejuela, propietarios del Club América (y vinculados al tráfico de cocaína desde 1975), para comprar el resultado de un partido de la Copa Libertadores de América. El alcalde de Bogotá, Diego Pardo Koppel, que había sido presidente de la División Mayor del Fútbol Colombiano, se retiró de la alcaldía al conocerse su declaración en una corte de Nueva York en contra de las autoridades del país, que reclamaban ese dinero extraviado en la célebre maleta.

El Club Deportivo Los Millonarios fue controlado en la etapa inicial por Édmer (o Hermes) Tamayo, a quien se señala como propietario de un cargamento de 2.000 kilos de cocaína capturado en 1982. Después ingresó Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mejicano, como accionista mayor del equipo, quien pertenecía al Cartel de Medellín y era un terrible narcotraficante de aquella nefasta época. El Independiente Santa Fe estuvo bajo el control inicial del Grupo Inverca, de Fernando Carrillo, dueño de una cadena de droguerías que distribuían insumos para el refinamiento de la coca.

Parecidas historias tuvieron el Deportivo Independiente de Medellín, el Deportes Tolima, el Deportivo Pereira, el Unión Magdalena y el Deportes Quindío. Ningún equipo se salvaba del zarpazo de los capos prepotentes, cuyo poder llegaba además al boxeo, el automovilismo, el ciclismo, la hípica y los toros.

Mayores goles de inmoralidad no pudieron meterle al país los narcotraficantes. Esta sombra tétrica es la que lleva a Felipe Gaitán a lanzar para las nuevas generaciones una advertencia depuradora.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gustavo Páez Escobar

Reinas pero desdichadas

El cardenal Castrillón

En tiempos del general

El retrato del general

Turbión en el Quindío