Por: María Teresa Ronderos

Los Guantánamos de aquí y de allá

AUNQUE TENÍA 76 AÑOS Y ERA CIEGO, lo encarcelaron por terrorista. A otro hombre más joven del mismo pueblo, un humilde montallantero, también se lo llevaron y a los pocos meses murió en prisión de una complicación cerebral.

Los dos casos no son sacados de las fichas de presos de Guantánamo filtradas por Wikileaks y otras fuentes a la prensa internacional esta semana. Sucedieron en Quinchía, Caldas, y fueron denunciados por El Tiempo en agosto de 2005, en un duro editorial contra la estrategia uribista de las “capturas masivas”, capítulo embarazoso de la seguridad democrática. Dijo el diario que las arbitrarias capturas llevaron a miles de inocentes a la cárcel, causaron ruina y dolor a sus familias, y que luego, la justicia civil demostró que las pruebas eran dudosas delaciones de exguerrilleros aleccionados y falsos testimonios.

La diferencia obvia con Guantánamo es que allá los captores fueron los mismos jueces y por eso los abusos se perpetuaron. Los 5.000 documentos filtrados sobre esa prisión revelan que los militares estadounidenses, obsesionados por encontrar chivos expiatorios del terrorismo que tumbó las Torres Gemelas y dejó miles de víctimas, encerraron allí a 150 inocentes ciudadanos paquistaníes y afganos, a 380 soldados rasos que servían a los talibanes, y los forzaron a confesar cualquier cosa y a delatarse unos a otros. De los 779 que pasaron en ese infierno casi seis años en promedio, quedan 172, y sólo ahora que Obama ha permitido reiniciar los juicios militares con mayores garantías para los reos se sabrá cuáles sí son culpables de los abominables actos de terrorismo.

Una diferencia menos visible es que aquí los uniformados están bajo una lupa extranjera (sobre todo la gringa) que al primer síntoma de abuso sistemático de derechos civiles, amenaza con suspender las ayudas. Por eso capturas masivas, falsos positivos y otras penas no demoraron en salir a la luz pública y el apremio estadounidense para que caigan los responsables, como ha revelado Wikileaks, ha sido constante.

La injerencia gringa para imponer un mejor desempeño en derechos humanos no se ha limitado al campo de batalla. Obama condicionó su apoyo al TLC con Colombia, a que este país se portara mejor con sus trabajadores y dejara de ser el campeón mundial de la fobia antisindical.

¡Doble moral!, concluyen muchos compatriotas y se preguntan: ¿qué autoridad tienen los gringos para imponernos estándares de respeto por los derechos humanos con la escandalosa inhumanidad de Guantánamo en sus conciencias?

Yo miro la cosa de otro modo. Estados Unidos no es un individuo, ni un poder dictatorial con una sola cabeza, que conspira con su hipocresía para violar derechos allá y exigir su cumplimiento aquí. Es una democracia compleja, de fuerzas contrarias, unas que crean los Abu Ghraib y otras que se aterran de que su país financie ejércitos violadores de derechos humanos; unas que cuando triunfaron le dieron carta blanca a Bush en 2002 para montar la cárcel de horror en la isla cubana, y otras que avergonzadas por eso y por la guerra inventada de Irak, llevaron luego a Obama a la Casa Blanca.

Es una gran suerte la nuestra que las fuerzas políticas que más influyan sobre el Gobierno colombiano no sean las que ven un terrorista detrás de cada campesino, ni las que dictan clases de tortura en escuelas de guerras frías y calientes, sino las que quieren que ni aquí ni allá haya Guantánamos, ni barbaridades como la captura de ancianos en Quinchía, o las sabrosas fincas de recreo en Tolemaida para violadores de lesa humanidad.

 

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