Por: Juan Carlos Botero

Los hechos casuales

SIEMPRE ME HAN INTRIGADO LOS hechos casuales: aquellos sucesos de efectos enormes ocasionados por acontecimientos fortuitos y en apariencia pequeños.

La carta que no llegó a tiempo, la tuerca mal apretada en el fuselaje del avión, la manguera porosa del cilindro de gas o la decisión trivial que luego, al cabo de los hechos —positivos o trágicos— resulta definitiva. Quizás la vida está regida por esos sucesos casuales que escapan a nuestro control pero trazan el rumbo de nuestra existencia. Lo cual es algo que no nos gusta admitir. Y menos aceptar. Preferimos creer que ejercemos cierto dominio sobre nuestra suerte, y nos rodeamos de objetos cada vez más confiables y seguros, y tomamos toda clase de medidas para eliminar el peligro de nuestra vida, y da miedo pensar que, a pesar de todo eso, un hecho mínimo, además fruto del azar, puede desatar eventos colosales. Como el ligero copo de nieve que cae en silencio del árbol en la cima de la montaña, y ocasiona la avalancha que sepulta un pueblo entero.

Por ejemplo, hace unos años un hombre salió de su oficina en Bogotá y, de casualidad, mientras descendía en el ascensor, un camión dirigido a la plaza de toros se accidentó (la llanta trasera golpeó una piedra que había saltado de una volqueta y se partió el eje de la transmisión) y se escaparon las bestias, corriendo por la calle. Tan pronto se abrió la puerta del ascensor, el hombre quedó paralizado al encontrarse con un toro de lidia, resoplando fuego, y murió corneado sin haber entendido nada. Siempre he pensado que ese infeliz, si hubiera hundido el botón del elevador un segundo antes, o si se le hubiera caído el maletín de los papeles, habría tenido otro destino. Y también lo habría tenido si la piedra no se hubiera caído de la volqueta, o si hubiera rodado un poco más allá, pues no se habría averiado el camión con todos los toros adentro. Lo cierto es que cada incidente de nuestra vida, para bien o para mal —cada nacimiento, relación o catástrofe—, cuenta con un suceso pequeño y accidental que contribuye al efecto total de ese mismo incidente. Por ello, cuanto más reflexiono sobre el alcance de los hechos insignificantes, más me ronda una conclusión atroz: éstos no existen. Y si parecen insignificantes es sólo porque no hemos terminado de escuchar el último de sus ecos.

Otro caso se conoció ahora: el mensajero que por primera vez subió a las Torres Gemelas de Nueva York para entregar un documento, y justo cuando se daba vuelta para marcharse, miró por la ventana y vio el primer avión que se dirigía al rascacielos como una locomotora. Sin duda él habrá pensado, mientras observaba la insólita imagen del avión que se le abalanzaba encima, qué mala suerte la mía, si este edificio nunca hace parte de mi ruta y sólo por la enfermedad de un colega es que estoy aquí. Y la otra cara de esa moneda. El otro mensajero que ese día amaneció resfriado y, tras pensarlo en su cama, llamó a su jefe para decirle que no tenía fuerzas para trabajar. En fin, de no ser por ese detalle casual, comprendió al encender la televisión y al ver las torres que se desplomaban con un estrépito atronador y las nubes que brotaban sucias y colosales en las calles de Manhattan, él habría estado en ese lugar exacto, observando el avión que enderezaba un ala y se precipitaba rugiendo en su dirección. Ese joven llevaba dos años de mensajero, se supo después, y no había faltado un solo día al trabajo, y su primera parada, todos los martes, eran los pisos más altos de las Torres Gemelas.

 

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