Los hermanitos menores

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Nos enorgullecen nuestros ancestros indígenas, tendemos a romantizar su sabiduría, sus sistemas organizativos, su relación con la tierra y su cosmovisión, lo cual no está mal. Sin embargo, no siempre sus estructuras de gobierno funcionan, y mucho menos cuando estas toman matices autoritarios. Es así como la comunidad arhuaca, una de las más respetadas del país, eligió a un gobernador condenado por la justicia indígena por violar a una menor de edad. También violó a su hermana, con quien tiene un hijo, y se hizo elegir en condiciones cuestionables.

Además de lo evidente, cabe resaltar que el sistema organizativo paternalista de los arhuacos infantiliza al resto de la población del país, bajo el pretexto de que ellos son nuestros “hermanos mayores” y en consecuencia saben más sobre cómo se debe habitar el mundo que el resto de los colombianos.

Erich Fromm, destacado psicoanalista y filósofo humanista de origen judío alemán, planteó en una de sus más famosas obras que todos los seres humanos tenemos algún grado de miedo a la libertad y por ello permitimos que los “hermanos mayores” tomen y, sobre todo, asuman nuestras decisiones y acciones (en este caso trataba de explicarse el comportamiento de los alemanes durante el régimen nazi). Este miedo explica por qué, poco a poco, aceptamos que nos restrinjan ciertas pequeñas libertades, que se van convirtiendo en más y más, y cuando despertamos de la comodidad de no tener que asumir ni responsabilizarnos por lo que hacemos y pensamos, hemos perdido la posibilidad de decidir sobre nosotros mismos.

Es así como en Colombia, un país muy difícil de gobernar, las personas que elegimos democráticamente terminan tratándonos como a una sociedad en edad escolar, donde las fallas en nuestra conducta se justifican en la falta de pedagogía, como si lo que nos faltara es aprender. Obviamente llega el momento cuando nuestro comportamiento debe ser castigado, como si estuviéramos en el colegio —uno malo, por cierto—, y es así como la cultura ciudadana termina siendo remplazada por el Código de Policía.

La infantilización de nuestra sociedad, una sociedad herida, que no termina de consolidarse, se ha visto más acentuada gracias a la pandemia que terminó de justificar las restricciones que antes tratábamos de resistir. En esta época se les otorgó poder administrativo, educativo y represivo a organismos que confunden fácilmente su función de proteger con la de castigar, mientras que los ciudadanos reprimidos, cansados del desgobierno (cada vez más indolente y desconectado de la realidad), con hambre desde antes del encierro y entendiendo que quien los debe proteger los ataca, aprovechan también para salir a cobrar lo que sienten que se les debe.

Ojalá salgamos de este letargo, decidamos desacomodarnos un poco y maduremos, porque si no, como ya se ha dicho, la nueva normalidad no será ni nueva ni normal. Mientras estuvimos encerrados e infantilizados por nuestros gobernantes, lentamente Colombia fue regresando a lo de siempre: violencia, masacres, inseguridad, desplazamientos y hambre. Un escenario desolador y agravado por el hecho de contar con un presidente incapaz que, teniendo una oportunidad histórica de consolidar un cambio de verdad, lo único que ha cumplido de su campaña es hacer trizas el Acuerdo de Paz, con tal efectividad que también está haciendo trizas todo el país.

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