Por: Julio César Londoño

Los hiperbóreos

Son distinguidos. Son altos y hermosos. Todo en ellos es notable. Sus lenguas son muy difíciles. ¡Algunas tienen más de 20 vocales! Nosotros tratamos de aprenderlas y dedicamos a la empresa años y dinero. Conocemos mejor su historia que la nuestra. Los más ricos de nosotros peregrinan a ver las maravillas de París, Nueva York, Oslo, Quebec, Sidney, Madrid, Roma, Praga, Beijing… Incluso millones de pobres peregrinan. Se endeudan, viajan y regresan más pobres pero felices porque pisaron las mecas del primer mundo. Hasta los pobrísimos se las ingenian para viajar. Algunos por avión con los últimos ahorros, o en barcos escorados sobre las aguas turquí del Mediterráneo, o a pie, atravesando ríos y pantanos, o apretujados en camiones clandestinos. Decenas de miles de sureños pobrísimos agarran todos los días coraje y dos camisas, se lanzan, pisan la tierra prometida y trabajan jornadas duras en labores humildes y en las noches nos llaman por WhatsApp y nos cuentan lo limpio, lo ordenado que es todo, el respeto por la ley.

Es tan mágico el primer mundo, que basta pisarlo y uno se transforma. No es solo que cortamos de tajo con nuestros bárbaros hábitos, sino que adquirimos súbitamente modales regios y no volvemos a tirar papeles al piso ni a conducir embriagados ni a subir el volumen del equipo. Nada de eso. Caminamos en puntillas y susurramos todo el día sorrysorrysorry… incluso cuando estamos solos.

Para ser justos, hay que decir que entre nosotros hay gente reacia. Disidentes, digamos. Gente que no los considera bellos ni buenos ni justos. “Los hiperbóreos son una peste. Predadores. Colonialistas. Traficantes de armas”, espetan con sus lenguas fétidas. “Vienen del lodo y van a la nada, como nosotros. ¡Que se pudran! Su pasado es infame. Su futuro, incierto. Su presente, decadencia y nervios. Sus museos son caletas atiborradas de saqueos y forradas en mármol, pórfido y prestigio, en gárgolas furiosas y cupidos cursis, donde ricos y parias pagan para venerar lo que los hiperbóreos han robado en todo el mundo, incluso en el Sur. Se molestan si arrojas un chicle al piso, pero consideran una cruzada épica arrojar bombas sobre aldeas miserables. El bombardeo tuvo una precisión quirúrgica, comentan luego sus analistas. Esnifan como aspiradoras industriales, pero maldicen a los campesinos del tercer mundo que los envenenan con sus porquerías. Desprecian a los funcionarios de las repúblicas bananas, pero les fascina sobornarlos. Utilizarlos. Destriparlos. Inventaron los derechos humanos y los pregonan, pero fueron íntimos de Amín Dadá, Bebé Doc, Bokassa, Somoza, Gadafi, Noriega, Pinochet, Husein, Bin Laden, Kim Jong-il, Bashar al-Asad, Duterte... Como aborrecen el dinero sucio, tienen las mejores lavanderías del mundo. Aman la naturaleza pero son mineros rampantes y llevan medio siglo burlando los protocolos ambientales (Trump es la tapa, no la excepción). Sí, sus países son una tacita de plata… gracias a que hicieron del resto del mundo su letrina”.

A nosotros, los devotos de los distinguidos, que los amamos por sus filósofos y sus artistas, por sus canciones aladas y sus ecuaciones de fierro, nos turban los argumentos de los disidentes. No podemos negar que hay lógica en ellos. Historia. Verdades de a puño. Que sus diatribas casi pecan de científicas. Pero nos reponemos rápidamente y nos decimos que sí, que todos esos “pecados” tienen el sello hiperbóreo, pero que debe haber una explicación suficiente. Es seguro que todo obedece a un plan racional y generoso. Y tan grande, y tan inteligente, que nosotros, las hormigas del tercer mundo, no podemos entender.

 

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