Por: Andrés Hoyos

Los intelectuales y el país

Quiero aprovechar que un intelectual de gran peso, Alejandro Gaviria, acaba de ser nombrado en la trascendental rectoría de Uniandes, para revisar el tema del título. No es mi propósito elogiar aquí, ni siquiera defender, a Alejandro, quien no lo necesita. Más bien me interesa preguntarme por qué se requieren los intelectuales en puestos claves en Colombia, por qué los de peso son relativamente pocos y por qué subsisten tantos prejuicios en su contra.

Los intelectuales existen desde hace milenios, solo que no se llamaban así. Repasemos de forma somera cómo surgió el sustantivo (en francés), pues hasta fines del siglo XIX la palabra intelectual era un adjetivo descriptivo. Hay abundante material sobre la encrucijada: el militar judío Alfred Dreyfus fue acusado de un acto de traición perpetrado por el antisemita Ferdinand Esterhazy. A Dreyfus lo procesaron y condenaron de manera notoriamente arbitraria los jueces del país. Personalidades nacionales  —Émile Zola, en particular, con su panfleto J’Accuse (Yo acuso)— emprendieron una gran campaña exigiendo justicia en lo que se llamó “el affaire Dreyfus”. Cientos y después miles firmaron el “Manifiesto de los intelectuales”. Resulta significativo que la opinión pública fuera de mayoría antisemita y estuviera contra Dreyfus. El sustantivo intelectual también se usó entonces de forma peyorativa. Así, la palabra nació rodeada de los prejuicios que la persiguen hasta hoy.

Alejandro, además de ser un economista de gran prestigio y un tecnócrata probado, tiene afinidad por la literatura, según una venerable tradición intelectual, y hace gala de un optimismo cauteloso. Quizás el optimista agudo sea más pobre de espíritu que el escéptico agudo, pero la noción de que una constante opresión interna conduce a una gran “sabiduría” es ilusa. El movimiento y la oscilación son necesarios. Alimentar el espíritu es un acto de optimismo y vaya que Alejandro incurre en él.

Pese a la clara experiencia del nuevo rector, surgen de inmediato los prejuicios: una universidad requiere ante todo de un gerente y un recaudador de fondos, dicen. Y, sí, ambas funciones van con el cargo, pero de ningún modo pueden ser las principales. Las universidades colombianas distan mucho de contribuir lo necesario al país. Se miran mucho el ombligo. Les falta ejercer un mayor liderazgo hacia afuera, tanto en proyectos concretos, como en el más importante papel de generar y canalizar los debates contemporáneos que, por supuesto, no dependen siempre de los paradigmas vigentes. Según eso, un rector que realmente sepa cuál es su papel tiene que ayudar a su universidad a abrir nuevos territorios y disciplinas, mientras se ocupa del bienestar económico de la institución. El ejemplo de las universidades americanas es pertinente. Son muy buenas, la mayoría de sus académicos escoran hacia una izquierda bienpensante, mientras que el efecto que como un todo tienen sobre la equidad en el país es nulo. ¿De eso se trata entonces, de ser ricas?

Hay quien le critique al nuevo rector de Uniandes que está echando por la borda una promisoria carrera política, la cual tal vez podría conducirlo a la Presidencia de Colombia. Yo no veo a Alejandro en esas. Por si acaso, una rectoría que quiera darle un vuelco a una universidad debe durar años —qué se yo, seis, ocho, diez o más—. Para lograr esos virajes es primordial tener de rector a un gran intelectual. Le deseo mucha suerte.

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2019-05-29T00:00:55-05:00

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2019-05-29T00:15:01-05:00

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