Por: Álvaro Camacho Guizado

Los jesuitas, dios y los demonios

HACE ALGÚN TIEMPO ESCRIBÍ UNA columna en este mismo espacio, y en ella decía que para mí es muy difícil creer en un dios taumaturgo...

HACE ALGÚN TIEMPO ESCRIBÍ UNA columna en este mismo espacio, y en ella decía que para mí es muy difícil creer en un dios taumaturgo, pero que el hecho de que el padre jesuita Francisco de Roux estuviera vivo, mientras encabezaba el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, era un verdadero milagro. En aquella ocasión no incluí, por simple descuido, a otro jesuita admirable, Javier Giraldo, quien está vivo también de puro milagro.

Ambos sacerdotes han sobrevivido a las fuerzas que buscan acallar a quienes claman por la justicia y la redención de los colombianos más pobres y vulnerables; no han vacilado en denunciar las evidentes injusticias y tropelías que se cometen a diario contra esa población, la han defendido con incontestable valor; en su acción han reivindicado una ética cristiana y no han abandonado sus juramentos de servir al prójimo.

Pues bien, si se puede hacer el argumento de que la supervivencia de estos dos apóstoles es producto de su suerte, y que no hay una acción divina que los mantenga vivos, hoy estoy pensando que hay otra razón para pensar que sí puede haber un dios. Porque sin dios no habría diablo, y ése sí existe, de eso no tengo dudas.

Más aún, tiene sustancia corporal y goza de la misteriosa capacidad de multiplicarse: unas veces escribe en El Tiempo unas diatribas feroces contra los dos sacerdotes, los trata de marxistas trasnochados y de incitadores a la rebelión; los acusa de ser cómplices de la guerrilla y de querer acabar con el país, y todo porque denuncian injusticias que el mismo gobierno actual reconoce como ciertas. Más aún, en el pasado gobierno ocupó el Ministerio del Interior y en ese cargo se vio involucrado en unos debates acerca de sus indelicadezas con unas acciones que, según se dijo en el debate del Congreso, aparentemente adquirió de una manera fraudulenta: una obra demoníaca, pero que la justicia descifró, aunque hasta la fecha no haya logrado resolver.

Y otras veces también escribe en El Tiempo, con otro nombre: esta vez parece que usurpa el de un consejero muy cercano al presidente anterior, que ataca de manera feroz a Javier Giraldo por el hecho de que éste protestó por el nombramiento de ese presidente anterior como conferencista en una universidad jesuita en Estados Unidos. Según este segundo Belcebú, Giraldo insultó "a Colombia", como si ese presidente fuera el país y no existiera nada más: oponerse al conferencista resulta ser un insulto a cuarenta y cuatro millones de colombianos, como si todos tuviéramos las mismas responsabilidades de gobierno.

Entonces parece que sí existen esas dos criaturas, y que han establecido una lucha feroz para ver quién se impone: si el demonio que quiere que se elimine de este mundo a los dos jesuitas, o el bondadoso que hace milagros para evitar el triunfo de su eterno enemigo.

Ahora bien, no es la primera vez en la historia que los jesuitas son acusados de cuanta cosa sea imaginable: han sido expulsados de España y de Colombia en el pasado, y han sobrevivido, y hoy son una próspera comunidad propietaria de universidades, colegios y hospitales, y realiza algunas labores en pro de los colombianos más vulnerables, y tienen como su superior a De Roux. Esto debe probar que los jesuitas tienen un sentido de justicia, y que los nefandos propósitos de los Luciferes no triunfarán. Habrá que encomendarse a Dios para que así sea, si es que de verdad existe.

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