Por: Armando Montenegro

Los Juegos: la esperanza

CASI TODO ES POLÍTICO EN LOS Juegos Olímpicos. La política es el motivo para organizarlos, para boicotearlos o para atacar al país anfitrión y difundir por el mundo, a través de la televisión y la prensa, los mensajes y las imágenes crispadas de sus minorías y disidentes.

Ante el desprestigio y aislamiento causados por la matanza de Tiananmen en 1989, el gobierno chino, por orden del propio Deng Xiaoping, se impuso el objetivo de organizar los Juegos Olímpicos de 2000, el emblemático año del dragón. Aunque fracasó en su primer intento, con la fuerza de su creciente poder económico y político obtuvo años más tarde fácilmente la sede de 2008. Ahora tiene la oportunidad dorada de mostrarle al mundo las maravillas de su espectacular progreso económico. Es su fiesta de graduación como potencia mundial (en forma semejante, con sus Juegos de 1936, Hitler hizo gala del renacimiento y del creciente poderío de Alemania; y, asimismo, apenas 21 años después de su gran derrota militar, Japón con sus Juegos Olímpicos de 1964 celebró su ingreso a las grandes ligas de la economía y la política).

Además de la propaganda internacional, con estos eventos los gobiernos tratan de afianzar su poder doméstico, avivar el patriotismo y el nacionalismo y desatar el orgullo de las masas por los triunfos de sus atletas. No en vano, el propio Goebbels, maestro en estos temas, había dicho: “ganar un partido internacional es más importante para la gente que capturar una ciudad”.

Para los disidentes, las minorías y los oprimidos, los Juegos son también una oportunidad única de mostrarle al mundo la magnitud de sus problemas. Uno de los personajes de Mi siglo, de Günter Grass, prisionero del nazismo en 1936, dice: “confiábamos que a aquella masiva presencia extranjera no se le pasaría por alto el gran campo de concentración que estaba surgiendo al borde de Berlín”. Aunque Hitler se salió con la suya, en la actualidad, con la televisión, los celulares y sus fotos, ya no es tan fácil poner la basura debajo del tapete. Por ello, ciudad tras ciudad, los budistas se roban la atención de las cámaras cuando la llama olímpica pasa rumbo a Pekín. Ya nadie ignora la lucha por la libertad y los derechos humanos en China.

Los regímenes inseguros y paranoicos, al tiempo que limpian sus ciudades, muestran una realidad filtrada y le enseñan a su gente a ser amable con los turistas, se esfuerzan por ocultar lo que consideran sus vergüenzas (en una asamblea del BID en Cartagena, las autoridades escondieron los mendigos y los pobres, buena parte de la población nativa de la Ciudad Vieja). Pero a veces el maquillaje fracasa. El ejemplo más dramático fue el de México: días antes de la inauguración de los Juegos de 1968, la policía masacró a un grupo de estudiantes en la famosa plaza de Tlatelolco, y el mundo vio, sin máscara, el rostro del PRI.

Una opción de los países rivales y críticos es el boicot al anfitrión, frecuente en la historia de los Juegos, sobre todo durante la Guerra Fría (Rusia y Estados Unidos se negaron a asistir, junto con sus aliados, a los Juegos organizados por sus adversarios). Por ahora, sólo Francia, a causa de los problemas del Tíbet, estudia la posibilidad de un boicot blando, limitado a la ceremonia inaugural de los Juegos chinos.

No hay duda de que los países autoritarios en plan de anfitriones planetarios asumen grandes riesgos: el mundo se puede percatar de sus abusos y miserias. Y por esa misma razón, los débiles y oprimidos tienen una oportunidad inigualable de mostrar la dimensión de sus sufrimientos y humillaciones. Si éstos fracasan, si el mundo no los ve ni los escucha, ellos podrían decir lo mismo que los prisioneros de Hitler (según el mismo Grass): “y cuando los Juegos terminaron, ya no hubo esperanza”.

 

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