Por: Juan David Correa Ulloa

Los lectores de la infancia

Memorias infantiles, de Eduardo Caballero Calderón, podría ser su mejor libro, pero también el menos leído. Es raro que Caballero hoy sea un extraño para las nuevas generaciones.

Quizás esto obedezca a eso que le pasó a él mismo con Don Quijote cuando se lo pusieron a leer en el colegio siendo un niño. Ni el Quijote ni los libros de Caballero deberían ser lectura obligada para los adolescentes de los colegios colombianos. La violencia se entiende mejor, sin duda, cuando uno lee los libros del autor de Siervo sin tierra o El Cristo de espaldas por interés y se deja ir con la libertad del lector desprevenido y no cuando el profesor pregunta en qué página Siervo Joya se enjuga el sudor del rostro, por decir cualquier cosa.

Lo mismo pasa con el Quijote. La literatura tendría más lectores si no les dieran a los estudiantes ese tocho de dos tomos en las soporíferas clases de las dos de la tarde después de un recreo, y los dejaran indagar y descubrir cuánto humor, humanidad y belleza hay en la novela fundacional del español cuando sean adultos.

Es más raro, sin embargo, que un libro como Memorias infantiles no esté en los pénsum escolares. Ni ese ni ninguno de los buenos libros sobre la infancia, que lamentablemente descubrimos cuando ya somos mayores, están en los programas de educación media. El lector, por lo tanto, no puede encontrar personajes con los cuales identificarse. Sería un éxito indiscutible si los maestros de español, desde tercero de bachillerato, pusieran, por ejemplo, Infancia, de J. M. Coetzee, Old School, de Tobías Wolf, o Memorias infantiles, que viene al caso.

Si a uno le entregaran este libro sin decirle que lo escribió un señor que ya está muerto y que nació hace cien años; si le permitieran encontrarse con esa voz honesta que se pasea por las habitaciones familiares con la misma candidez y desparpajo de un niño; si lo dejaran explorar los espléndidos capítulos dedicados a la vida escolar, uno, como lector, quedaría enormemente agradecido. Uno se sentiría gratificado de entender cómo, a pesar del paso del tiempo que no perdona, las angustias, los miedos, las tristezas y las risas de la infancia, son las mismas desde siempre. Y eso, créanme, sería cumplir uno de los mandamientos de la buena literatura: ensanchar el mundo para dejar de sentir que nuestros problemas son únicos y especiales. Sea pues la hora de regresar a Caballero Calderón, quien este 6 de marzo cumplió 100 años de haber nacido.

Memorias infantiles, Eduardo Caballero Calderón, Panamericana.

ojoalahoj@yahoo.com.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Correa Ulloa

El reino

Expiación

La torre de Pisa

Volver

Contar el pasado