Por: Eduardo Barajas Sandoval

Los lemas extraviados de la campaña británica

Las elecciones británicas, convocadas por Theresa May para conseguir un mandato propio, en lugar del heredado por la renuncia de David Cameron, se concentran más en una nueva caracterización de los partidos que en la decisión de si se refresca o no el apoyo mayoritario a los conservadores para que lideren el proceso de retiro de la Unión Europea. 

Theresa May quiere superar a Margaret Thatcher. El único esfuerzo que parece no haber hecho todavía es del de cambiar su entonación cuando pontifica. Por lo demás, quiere sobrepasar a su predecesora en su compromiso conservador, con todas sus consecuencias. La primera de ellas es, por motivos coyunturales, la causa del brexit, que no era la suya necesariamente cuando se desempeñaba como secretaria del Interior, bajo el gobierno de Cameron. En su carrera de afianzamiento parecería aupada por la inspiración que para tantos conservadores ha traído la oleada de derecha con la victoria de Donald Trump, la salida del poder de los socialistas franceses y los avances de la canciller alemana en comicios regionales, en la perspectiva de la refrendación popular de su jefatura del gobierno. De todo eso ha querido sacar provecho la señora May para poner su cargo a disposición del electorado, con la solicitud de que le conceda un mandato claro que le permita desarrollar su propio programa conservador, que comienza por liderar la salida británica de la Unión Europea.

“Liderazgo fuerte y estable”, el lema de campaña de Theresa May, a la cabeza de los conservadores, denota una actitud y un propósito radicales, dignos de momentos muy difíciles, que requieren en el timón de la nave del gobierno a alguien no solo de firmes convicciones sino de carácter fuerte, resistente a los ataques y capaz de mantener la serenidad en medio de las dificultades. La reiteración del slogan, que a punta de repetir pretenden convertir en “moneda política corriente”, puede advertir a los electores sobre peligros y vicisitudes de los que nadie ha hablado hasta ahora. Muchos se preguntarán, entonces, ¿cuáles eran las dichas y ventajas del brexit, que supuestamente valía la pena para que todos fueran más felices? Otros considerarán que entre más duro el liderazgo menos bien para las minorías, y menos útil para la armonía en la relación con Europa, que es inevitable y a nadie le conviene que se vuelva conflictiva. En pocas palabras, antes que fuerte y estable, ¿no sería mejor un liderazgo firme y atinado?

Jeremy Corbyn, jefe del laborismo, por su parte, se quiere parecer lo menos posible a Tony Blair. Aspira a dejar atrás las veleidades liberalizantes de esa “Tercera vía” que permitió a los laboristas contemporizar con los partidos de centro y que, en el sentir de los “pura sangre”, solo sirvió para desconfigurar el carácter verdaderamente socialista del partido, al punto que llegó a ser modelo de simples liberales deseosos de ponerle algo de sentido social a su tradición burguesa. Bajo su dirección, en contravía de algunos sectores al interior del partido, no debería haber ambigüedades ni tiempo que perder a la hora de regresar a los reclamos contra una sociedad que retornó, una vez más, a la polarización y el marginamiento de amplios sectores que van quedando rezagados ante el triunfo de las privatizaciones y la apoteosis del capital financiero. Precisamente quiere reaccionar contra la andanada de derecha que ha sacudido recientemente al mundo, sumándose a Bernie Sanders y a quienes han tenido el valor de criticar al gran establecimiento. 

 “Por los muchos, no por los pocos”, el lema de los laboristas, pretende reivindicar una vez más las luchas históricas del socialismo británico. La idea de la campaña es la de buscar que las mayorías se vinculen a la causa, en busca de ponerle freno al marginamiento creciente que produce la insistencia en el modelo económico inspirado en el thatcherismo. Pero es muy posible que, a estas alturas del siglo XXI, y a pesar de las diferencias que puedan existir y ser crecientes en la sociedad, muchos electores no tengan clara su pertenencia a una mayoría amorfa y abandonada por la que tienen que intervenir, en busca de reivindicaciones, unos jefes políticos que plantean una confrontación en los términos de hace cuatro décadas. El lema sustituto, proclamado por Jeremy Corbyn, “Theresa May es fuerte con los débiles y débil con los fuertes”, podría servir mucho para atacar a la líder del partido contrario, pero no tiene tampoco el peso específico que lleve al elector a encontrar el asidero de un proyecto constructivo. 

Las dos campañas parecen mostrar más deseos que capacidad, y necesidad de plantear la competencia en términos adecuados para las condiciones del momento. Si el tema central del debate ha de ser el brexit, que fue la gran decisión de los pasados comicios, causa de la salida de Cameron y de la llegada al poder de la señora May, y motivo del llamado a elecciones generales para conseguir un mandato contundente, ambos partidos parecen estar tramitando intereses que tienen que ver con otras cosas. De manera que enarbolan, con sus lemas principales, unas banderas que se refieren a un contexto mucho más amplio, que, por supuesto, vale la pena en la perspectiva de la reivindicación del credo de cada quién, pero que confunde de alguna manera al electorado en cuanto a la coyuntura de insistir en el mandato de salir de la Unión Europea, o devolverse, como sería posible en un caso hipotético. 

Los electores ingleses tienen una larga tradición de sabiduría política. Las elecciones generales, sin debates televisados, serán ocasión de que demuestren, una vez más, cómo las intenciones de los políticos, que apelan a estrategias estudiadas en busca de hacerse con el poder o consolidarse en su ejercicio, se pueden equivocar cuando plantean posiciones radicales, de pronto alejadas de las necesidades específicas de una coyuntura que es percibida por todos como el motivo verdadero de la contienda. 

Las radicalizaciones, todas, inducidas o inevitables, producen efectos importantes en el escenario político. En primer lugar, tienden a ser excluyentes; agrandan los problemas, sin advertir que al mismo tiempo pueden hacer más difíciles las soluciones; el populismo encuentra terreno abonado en ellas; la sociedad tiende a dividirse en torno a posturas extremas, más allá de los límites de la contradicción política; el clima genera una competencia de dureza en la que nadie se quiere quedar atrás, y los pasos que se recorran bajo su impulso son muy difíciles de desandar. El 8 de junio conoceremos el veredicto de los ciudadanos. 

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