Por: Nicholas D. Kristof

Los libios dicen: '¡Gracias, Estados Unidos!'

Los Estadounidenses no suelesn ser héroes en el mundo árabe, pero a medida que se desarrollan celebraciones incesantes aquí en la capital libia, sigo encontrando en mi camino personas que se enteran de dónde soy y repiten con fervor variantes de la misma frase: "¡Gracias, Estados Unidos!".

Mientras estaba caminando de vuelta de la Plaza Verde (ahora conocida como la ‘Plaza de los Mártires’) a mi hotel, la mañana de este miércoles, un automóvil envuelto en la victoriosa bandera libia se detuvo y sus tripulantes ofrecieron llevarme. “Tan sólo quiero que usted se sienta bienvenido aquí”, explicó el conductor, Sufian al Gariani, vendedor de 21 años de edad. Se mostró radiante cuando oyó de dónde era yo y declaró: “Gracias, estadounidenses. Gracias, presidente Obama”.

El trabajo duro en Libia apenas es el comienzo, y será un desafío hercúleo entretejer divisiones tribales y fomentar la democracia en una nación donde toda sociedad civil ha sido aplastada. El experimento libio aún podría fracasar. Sin embargo, saboreemos también un momento histórico: esta fue una rara intervención militar por razones humanitarias, y ha tenido éxito. Hasta ahora.

El presidente Barack Obama corrió un enorme riesgo político, evitó una matanza y contribuyó al derrocamiento de un odioso régimen. En lo personal, la lección no es que deberíamos abrirnos paso a empujones al interior de Siria o Yemen —no creo que deberíamos hacerlo—, sino que en contadas ocasiones la fuerza militar puede lograr el progreso de los derechos humanos. Hasta ahora, Libia ha sido un modelo de ese tipo de intervención.

Conduje de Túnez a Trípoli y los caminos en algunos lugares aún son inseguros. Nerviosos rebeldes —ocasionalmente niños soldados— operan frecuentes retenes, al tiempo que hay largas filas para comprar gasolina.

Sin embargo, se ha dado un gran progreso en los últimos días. Más caminos y establecimientos comerciales están abriendo, en tanto Trípoli transmite una sensación razonable de seguridad. La mayor amenaza viene no de las milicias de Gadafi sino de rebeldes que disparan armas automáticas al aire en sus celebraciones.

Lo más asombroso es que casi no ha habido saqueos y las represalias en contra de las familias de gente leal a Gadafi al parecer han sido pocas. La gente ha tomado lanzagranadas de arsenales, pero no ha irrumpido en tiendas o casas de particulares (con unas cuantas excepciones, como las residencias de la familia Gadafi).

El sentir proestadounidense ahora es ubicuo. Me sentí particularmente conmovido por un soldado rebelde cerca de Zuwará, en el oeste, que me preguntó si la ciudad de Nueva York era segura. Cuando notó el desconcierto en mi rostro, explicó: “Irene. El huracán”. Y preguntó cómo podía ayudar.

“Sin Estados Unidos, nosotros no estaríamos aquí”, me dijo el empresario Ismael Taweel, mientras estaba parado junto a la Plaza de los Mártires con una enorme sonrisa en la cara. “Espero que ahora haya más relaciones entre Libia y Estados Unidos”, agregó. Ese es un comentario común: los libios están impacientes por reunirse con el mundo.

Belgassim Ali, ingeniero petrolero, me dijo: “Yo agradecería a Estados Unidos por su postura de protección a mi pueblo”. Sin Estados Unidos, agregó, “no estaríamos celebrando. Estaríamos en el cementerio”.

Le dije que muchos estadounidenses criticaban a Obama por la intervención libia, argumentando que Estados Unidos primero debería resolver sus propios problemas económicos. Su expresión reveló dolor y dijo: “Su dinero, se los devolveremos. Somos un país rico”. Agregó que, sin el respaldo militar de los estadounidenses, grandes números de libios habrían sido masacrados; eso debería contar en cierta medida, insistió.

Algunos libios me dijeron que, al principio, habían desconfiado de la intervención estadounidense, temiendo que pudiera convertir a Libia en algo similar a Irak, desgarrado por la guerra. Por su parte, Haithem Ahmed, estudiante de 24 años de edad con heridas de bala en el estómago y el brazo, puso en duda que la intervención hubiera sido principalmente humanitaria: “Ellos no lo hicieron por nosotros”, dijo. “Lo hicieron por el petróleo”.

Pero, en el siguiente aliento, agregó: “Amo realmente a Estados Unidos. Es la tierra de la libertad”. Todo parece indicar que esa calidez hacia Estados Unidos ha reemplazado las primeras dudas. Va a la par de una enorme apreciación hacia otros partidarios, como Qatar, Túnez, Francia y el Reino Unido.

Nosotros, los estadounidenses, hemos visto cómo salen mal algunas intervenciones militares —aún estamos chamuscados por Vietnam e Irak— y la cautela merece la pena, ya que todavía no se escribe el final de la historia de Libia. No podemos evitar cada atrocidad, y existen argumentos legítimos para invertir en la formación de naciones en el ámbito interno en vez del extranjero. En cualquier caso, nuestro uso de la fuerza inevitablemente será inconsistente.

Sin embargo, para mí, Libia es recordatorio de que a veces es posible usar herramientas militares para lograr el progreso de causas humanitarias. Este fue un caso excepcional en el cual tuvimos el respaldo internacional y local. La gran diferencia con Siria y Yemen es que los libios favorecieron abrumadoramente nuestra intervención militar de tipo multilateral, al tiempo que los sirios y los yemeníes no la aceptan en su mayoría.

El interrogante de la intervención humanitaria es uno de los más espinosos en política exterior, y surgirá de nuevo. La próxima vez que así sea, recordemos una lección de Libia: es mejor salvar de manera consistente algunas vidas que no salvar una sola de manera consistente.

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