Por: Francisco Leal Buitrago

Los libros de papel y el papel de los libros

La Feria del libro ya es una tradición. Completa su 26ª edición. Si bien los libros de papel tienden a disminuir, aún falta mucho para que se acaben, si es que ello ocurre. Esa tendencia es propia de libros de consulta puntual, como la Enciclopedia Británica, que hace poco acabó con su versión de papel.

Permanecerán los libros de literatura y los de investigación y estudio de toda disciplina.

Entre los primeros lugares que ocupa Colombia debido a sus problemas, está el de la mala calidad de su educación. La tardía preocupación oficial se ha orientado hacia una mayor cobertura, pero no hacia una mejor calidad. La raíz de su deficiencia está en la primaria y el bachillerato, y sus consecuencias llegan a las instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas. La carencia de libros de papel en esos niveles es parte del problema.

Hace poco quise saber qué había ocurrido con uno de los colegios fundados hace muchas décadas por mi papá, en un municipio cercano a Bogotá, donde él nació. En ese tiempo había pocas escuelas públicas —separadas entre niños y niñas— en los cascos urbanos de los pequeños pueblos. Eran sólo de primaria. Los escasos colegios de bachillerato —cuando los había— eran privados, casi siempre regentados por religiosos, y sólo para los primeros años.

En mi visita encontré un colegio departamental para bachillerato —mixto, como es ya natural—, en un edificio amplio pero mal diseñado. Me hicieron el tour y lo primero que pregunté fue por la biblioteca. Cuál no sería mi sorpresa al ver un salón cerrado, sin uso, con algunos libros arrumados en estantes. Nadie respondía por ellos.

Encontré, en cambio, una sala relativamente grande, con computadores, y un joven profesor técnico de sistemas que vigilaba y orientaba a los estudiantes. Ellos hacían tareas y nutrían saberes mediante información en internet. Como se sabe, esta información es infinita, pero su diversidad requiere de alguien que sepa escoger entre la cantidad de desperdicio y lo rescatable para el aprendizaje de niños y jóvenes.

Me explicaron que los estudiantes no leían libros sino por excepción y que casi nunca llegaban a sus manos. Además, el colegio no podía atender la biblioteca, pues hacía rato que la Gobernación había suprimido del presupuesto a los bibliotecarios.

Cuando me contaron que el colegio tenía en la alcaldía una pequeña biblioteca financiada por Colsubsidio —bautizada Biblioteca Viajera—, me animé a dejar los libros que llevaba para donar al colegio.

No creo que en otros municipios de Cundinamarca y de otros departamentos la situación sea diferente. No sé lo que ocurra en los colegios privados, pero dudo de que sus bibliotecas —si es que las hay— tengan la atención debida.

Esta era una de las aristas que no conocía con respecto a la mala calidad de la educación en el país, que hace parte de la incapacidad de la clase política para administrar los bienes públicos, con efectos negativos en las directivas de los colegios y sobre todo en el profesorado. Por inercia, ellos deben ver esta situación como natural. Lo exótico sería que hubiese libros —en papel— actualizados y con la atención debida para que los estudiantes —profesionales del futuro— tuvieran una educación con aceptable calidad.

*Francisco Leal Buitrago

 

 

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