Por: Juan Carlos Botero

Los libros y la historia

UNO DE LOS MAYORES DESAFÍOS que representa la literatura es que es, quizás, el arte en donde más se hace evidente el juicio y la comparación con la historia.

En la pintura, por ejemplo, un artista en ciernes sabe que los posibles compradores de sus cuadros son más numerosos que los posibles compradores de un gran maestro, y así lo es por una simple cuestión de recursos, pues la gente que puede adquirir un óleo de Picasso, Chagall o Van Gogh, representa una ínfima minoría de millonarios. Y aunque todo pintor también compite con la historia, para bien o para mal y aunque le guste o no, pues su trabajo hará parte de una tradición estética que él debe prolongar, modificar o rechazar, al menos su sustento y reconocimiento (la posibilidad de vender su obra y que ésta se conozca y valore por sus contemporáneos) es más factible.

Con los libros sucede algo diferente. Sin duda, al igual que un pintor o un músico, todo autor se enfrenta a la historia de su oficio, y sus textos harán parte de una larga tradición compuesta de todas las obras que la constituyen, incluyendo los principales puntos de referencia de la misma, desde La Odisea hasta Cien años de soledad, y la comparación, por lo tanto, será inevitable. Incluso un autor como Ernest Hemingway no entendía esa medición con la historia como algo lejano o abstracto, sino como una rivalidad en términos personales, y por eso él, muchas veces, se preguntaba cómo le iría si estuviera en el mismo ring con otras figuras de las letras mundiales, por ejemplo Tolstoy o Dostoievsky, como si se tratara de un campeonato de boxeo. Para él la competencia con otras estrellas de la literatura, en términos históricos, era algo genuino y real.

De modo que el parámetro y la medición con la historia es un aspecto ineludible en todas las artes, pero en el caso de los libros es tal vez más evidente. La razón es obvia. Cuando uno ingresa en una librería, hay la opción de comprar, y seguro por el mismo precio, el libro de cuentos del joven que acaba de publicar por primera vez, o, en cambio, la pieza de teatro de Shakespeare que quizás aún no hemos leído, o un libro de poemas de Borges o de Neruda, o una novela de Balzac o de Stendhal. En ese momento, cuando existe la posibilidad de adquirir el libro de aquel joven o Madame Bovary de Flaubert, o el Ulises de Joyce, o Don Quijote de la Mancha, el enfrentamiento con la historia se vuelve inmediato e implacable. En efecto, mientras la persona examina los ejemplares para la venta, expuestos en la vitrina de la librería o en la mesa de novedades, la medición con la vasta tradición histórica, que en otros artes quizás es más abstracto, allí resulta contundente. Porque surge una pregunta que no se puede evitar: ¿por qué leer la novela de este muchacho si el tiempo para la lectura es limitado y aún no hemos terminado de leer a cualquiera de los grandes? No hay duda: la opción de comprar el texto del novato (y así conocerlo y disfrutarlo o repudiarlo) se enfrenta, nada más y nada menos, a la literatura universal.

Hay grandes diferencias entre las diversas creaciones, y todo arte tiene sus ventajas o desventajas frente a los demás, pero éste es quizás uno de los más notables, y también uno de los más severos.

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