Por: Julián López de Mesa Samudio

Los límites de la libertad

En los seis años que llevo escribiendo en El Espectador, jamás me ha censurado una coma. Por ello y porque como anarquista soy un defensor a ultranza de las libertades, me ha generado un profundo dolor lo ocurrido en Charlie Hebdo.

Me es muy difícil aceptar que la libertad, y más la libertad de expresión, tenga límites. Pero los tiene; o por lo menos los tiene para mí: mis libertades terminan cuando su ejercicio afecta negativamente las del prójimo. No me atrevería a sugerir censura alguna, de ningún tipo, a la libertad de expresión. Pero yo, personalmente, sé que mi propia libertad sí tiene límites y que no puedo decir ni escribir lo que me venga en gana. Como anarquista sé que mi libertad ha de ser ejercida responsablemente y que mi derecho llega hasta donde empieza el de los otros.

La masacre contra Charlie Hebdo es injustificable, pero tampoco valida lo realizado en estos años por la revista. Porque así como nada (absolutamente nada) justifica la masacre, nada justifica el burlarse y mancillar aquello que es sagrado para miles de personas en el mundo. Así como es sagrada la vida, también lo es respetar las creencias del otro (por muy absurdas que a uno puedan parecerle).

En el centro de todo, en el ojo de la tormenta, una idea flota pero ya no la comprendemos; ya no sabemos lo que significa y nos asusta; nos fastidia pues la creíamos superada… Pero esa palabra que ya nadie usa es base del respeto y la convivencia en estos tiempos de ruido, de confusión. En esta torre de Babel de la era de las comunicaciones, la palabra clave, creo yo, es compasión. La compasión (com-pathos: literalmente, sentir, padecer, con el otro) no es otra cosa que la capacidad de sentir empatía por los otros, de tratar de ponerse en la piel ajena. ¿Y por qué ha de hacerse? Por las infinitas veces en que hemos deseado que otros hiciesen lo mismo por nosotros; porque la compasión es la madre del respeto por la experiencia de vida ajena; porque es la forma como podemos medirnos y autorregularnos frente a los demás.

Pero quizás la pregunta más importante no es ¿cuáles son los límites de la libertad de expresión?, sino ¿quién ha de imponer dichos límites y de qué dependen? Creo que dependen de nosotros mismos, los columnistas, caricaturistas, locutores, actores, periodistas, editores y, en general, aquellos que usamos este gran poder de los medios y a quienes nadie controla. La verdad es que no siempre lo hacemos con responsabilidad, pues aun cometiendo errores, somos incapaces de dar ejemplo y reconsiderar, parar y, de ser necesario, rectificar.

Precisamente hace unos meses publiqué una columna que no debí escribir y de la que ahora me arrepiento públicamente. Mi falta de compasión me llevó a asumir una posición cómoda, beligerante y satisfecha de sí misma y me llevó a escribir favorablemente acerca del matoneo; mis argumentos eran lógicos, lo que me dio una falsa sensación de seguridad, de tener la razón; los comentarios favorables de algunos y desfavorables de otros reforzaron aun más esa postura arrogante, ignorante de las angustias, los miedos y las condiciones de otros. Mi falta de compasión y simpatía por los dolores y sufrimientos ajenos me llevo a herir a muchos con mis palabras, a justificar injusticias, a validar exabruptos. Y lo lamento: abusé de mi derecho a la libre expresión.

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Los límites de la libertad

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