Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Los lobos

En mayo de hace un año el diario El Heraldo se lamentó: “María Mónica Urbina ha sido una reina que ha sufrido por amor y hoy padece por segunda vez la pérdida de un esposo, a manos de los violentos”.

Nacida en una familia de hacendados, Urbina fue señorita Colombia en 1985 y se casó muy joven con Freddy Vélez, quien de acuerdo con la prensa de la época habría sido socio de Wílber Varela (del Cartel del Norte del Valle) y fue baleado en una calle bogotana en 2010. Para entonces Urbina, quien se divorció del finado en 1997, se había vuelto a enamorar del ganadero José Hernández, quien fue asesinado en 2019. Hernández, que provenía también de una familia ganadera y se conocía con el mote de Ñeñe, habría sido, entre otras cosas, socio del narcotraficante local Marquitos Figueroa.

La vida de Urbina, quien ha vivido en distintos lugares de Colombia y transitaba con fluidez entre los anillos del poder más rolo y las fincas, matrimonios y festivales de distintas élites en el norte del país, es una que nos cuenta una historia que no es frívola, sino que al contrario pone de relieve tantas exclusiones y resentimientos nacionales. Ante la muerte de Hernández, las investigaciones periodísticas que lo involucran a él y a la cúpula del Centro Democrático en compras de votos, favores, chismes y traiciones han expuesto también, y de manera visual, el estilo de vida de su círculo social. Y este es uno de convites, whisky, camarones, costillitas, langostas, parrandas vallenatas, mariachis, ganado y piscinas. Al juicio de carácter legal y moral se le suma una indignación frente al consumo suntuoso, masivo y voraz. Se califica el despliegue como lobo y hay irritación ante lo que se entiende como la ostentación típica de la plata nueva o provinciana y de mal gusto. O mal habida y mal gastada.

Las reacciones a la mentada lobería de Hernández nos hablan de la ficción de un establecimiento político y técnico bogotano que todavía hoy se piensa intacto y por encima de corrupciones de la provincia finquera. Tanto los grandes apellidos de Cambio Radical hasta los advenedizos de la U, pasando por los representantes de las élites liberales y conservadoras de antaño (los Santos, Gaviria, Pastrana) construyen y mantienen coaliciones de poder en intercambios con las grandes familias regionales que han incursionado en el paramilitarismo, el narcotráfico o ambas. Así no figuren en las fotos ni en las fiestas, el episodio de Ñeñe Hernández habla de un estado de las cosas que va mucho más allá del Centro Democrático.

A la vez la trayectoria de Urbina y sus esposos es una expresión de la desigualdad y la exclusión que se refuerzan en la medida en que pasan los días y las horas. Como lo explica el profesor Francisco Gutiérrez, el clasismo más vital cohabita con brincos grandes de movilidad. En el esfuerzo por ascender en circunstancias adversas a todo avance o mantener el privilegio que otrora se amasó o se heredó se toman caminos afanados de participación en narcotráfico y de acumulación de tierras a través de corrupción y violencia.

El profesor Leopoldo Fergusson habla de cómo tanto ricos como acomodados suplen con opciones privadas la pobre oferta en servicios públicos como la educación, la recreación y la seguridad. Como no hay presión sobre el Estado, porque quienes tienen tiempo y conexiones para ejercerla efectivamente no tienen interés, todo sigue igual. En lugar de gravar a los mejor posicionados para mejorar la oferta pública, los últimos gobiernos han ampliado privilegios tributarios. Esto reproduce la inequidad. La parábola de Ñeñe con sus aliados en todas partes, su presidente, su ley de financiamiento, es también una expresión de esto.

909271

2020-03-13T22:42:28-05:00

column

2020-03-14T16:01:18-05:00

[email protected]

none

Los lobos

9

3883

3892

1

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tatiana Acevedo Guerrero

Emperezamientos

A caballo regalado sí se le mira el colmillo

Agarrar el río

Ejemplo para el mundo

Quebrar las fracturas