Los males de la docencia universitaria

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Como profesor universitario, observo con enorme preocupación que los alumnos de la educación superior se están infantilizando a pasos agigantados, y esta problemática se ha agravado por el COVID-19. Aunque hoy en día las familias hacen esfuerzos titánicos para que sus hijos puedan estudiar, estos no se muestran participativos ni interesados en las clases universitarias (las sesiones virtuales son diálogos de un docente y un grupo selecto de alumnos juiciosos mientras que el resto solo escribe en un chat “buenos días” y “hasta luego”), y en todo el semestre únicamente dan señales de vida minutos antes del fin del plazo de una entrega (en muchas ocasiones plagiada) o cuando ven sus calificaciones y no están de acuerdo con ellas. De este modo, los estudiantes, tristemente, no debaten ni discuten los conocimientos de la materia. La indiferencia es la nota predominante de este ambiente educativo, puesto que la atención es para las redes sociales y no los libros.

Considero que la sociedad actual fomenta el dejar todo a última hora, el improvisar, la impertinencia, la bronca, la impuntualidad… y los universitarios son un ejemplo de esto. Este colectivo no admite las responsabilidades de sus decisiones e incluso siguen exigiendo como infantes, escudándose en el apoyo incondicional de sus familiares directos (tengan o no la razón), pues lo importante es el aprobado y no repetir la materia. Situaciones que yo creo son contrarias a lo que se debería entender como la universidad, una enseñanza centrada en la autonomía e independencia del individuo.

Esto se retroalimenta con la falta de profesionalidad de muchos docentes, algo profundamente desmotivador. Ante mi extrañeza por el bajo grado formativo en algunos campos básicos del saber, como la geografía o la historia, alumnos míos me contaban que en el bachillerato muchos de sus maestros no dictaban las clases, pero como a ellos les ponían notas sobresalientes, todos felices. Las retroalimentaciones de estos profesionales eran excelsas, puesto que ambos agentes educativos se complementaban a la perfección: ni los educandos ni los educadores querían trabajar. Si la fórmula se repite en la universidad, se obtiene el mismo resultado.

Es por eso que hago un llamado a los jóvenes para que accedan a la universidad solo si ellos lo desean y no por simples obligaciones externas u otras razones fatuas, pues se engañarían a sí mismos y a sus familias. En el caso de que lo hayan decidido y la respuesta sea afirmativa, les aconsejo que no hagan lo fácil (el plagio, la trampa, la dejadez…) y sí lo difícil (el esfuerzo y el sacrificio constantes), puesto que el mercado laboral del mañana será implacable con el sujeto que no sepa hacer bien su trabajo, aunque tenga un expediente inmaculado.

Aunque la pandemia me ha producido un considerable aumento de carga académica (más clases, metas de producción…), como profesor universitario, me queda el reto de mantener mi compromiso intacto y apelar al sentido del deber para dar lo mejor de mí. Un ejemplo del buen hacer creo que es el de realizar estudios con alumnos que desean ser investigadores y lograr publicaciones conjuntas en revistas académicas. Curiosamente las personas más trabajadoras y motivadas que me encontré suelen ser estudiantes becados de estratos socioeconómicos medio-bajos. Solo por eso mi profesión vale la pena.

Pedro Vázquez Miraz, profesor del Programa de Psicología, UTB.

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