Por: Daniel Pacheco

Los matices dulces de la mermelada

A los amigos de criticar ciegamente los complejos y oscuros mecanismos de gobernabilidad en Colombia, bajo la abarcadora y simplista denuncia de la “mermelada”, hay que invitarlos a mirar hacia el norte.

Los engranajes de la política gringa están paralizados. No hay grasa en Washington para aliviar la fricción de un sistema político bipartidista polarizado.

Además del cierre del gobierno, que cumple dos semanas este miércoles a medianoche, EE. UU. agotará su cupo de endeudamiento. Si el Congreso aprueba un aumento al cupo, el país entraría en un incumplimiento de sus obligaciones financieras, poniendo en entredicho la credibilidad del dólar y de los bonos del tesoro de la Reserva Federal. Un impotente Obama sólo puede salir a dar discursos anunciando las consecuencias “catastróficas” de que esto suceda, con la presión de la opinión pública como su única arma contra los tercos republicanos.

Obama no está solo en señalar que esta táctica de negociación de la oposición no tiene precedentes. Politólogos y estrategas señalan que las raíces de esta crisis son más profundas que la negociación coyuntural del presupuesto y el techo de la deuda.

El problema está en que se acabaron los incentivos de cooperación entre facciones opuestas del Estado. Obama, que no es buen negociador, tampoco tiene mucho que ofrecer a los republicanos, y viceversa.

Por un lado —como me señaló un funcionario de la Embajada de Colombia, frustrado por la parálisis diplomática que también causa el cierre del gobierno gringo— en 2010 se prohibieron las gabelas legislativas, las famosas “earmarks”, o cuotas de gasto dirigidas hacia proyectos en estados determinados. Ni el gobierno federal, ni los líderes dentro de cada partido, tienen hoy herramientas para convencer a miembros radicales de sus partidos a ceder a cambio, por ejemplo, de hacer un puente, o una carretera, en el distrito del terco congresista.

Por otro lado, los cambios en la demografía del país, con republicanos cada vez más concentrados en distritos rurales y demócratas en las ciudades, han hecho que hoy la polarización bipartidista esté cada vez más concentrada. De los 428 distritos que eligen (¡cada dos años!) a su representante, hoy sólo 90 están en disputa entre los dos partidos, según un estudio del Washington Post. Los otros 338, están asegurados para uno u otro partido. En 2008 el número de distritos competitivos era 164. Por eso hoy la mayoría de congresistas se siente más amenazada por un rival más radical de su propio partido, que por un oponente del otro lado, haciendo que sean menos dados a forjar acuerdos con sus rivales.

Repartir puestos, subir sueldos por decreto, nombrar ternas cantadas, el proverbial “untar la mermelada”, no es la forma ideal de impulsar una democracia. Sin embargo, las sanas críticas a la corrupción del sistema colombiano, que con todos su problemas mantiene andando a un Estado en constante necesidad de reformas, deberían cuidarse de caer en la demagogia que tiene a Washington paralizado.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Daniel Pacheco

Generación E

1,5°C

Tutelando el pacto de silencio

Aprovisionamiento de miedo