Por: Columnista invitado

¿Los mejores, los más brillantes y los menos productivos?

¿Acaso son demasiadas las personas más talentosas que optan actualmente por carreras en finanzas y, más específicamente, por dedicarse al trading, a la especulación y a otras actividades supuestamente “improductivas”?

En Estados Unidos, el 7,4% de la compensación de los empleados en 2012 fue a manos de gente que trabaja en la industria de las finanzas y los seguros. Más allá de si ese porcentaje es demasiado alto o no, la verdadera cuestión es que la participación es aún más alta entre las personas con mejor nivel educativo y más realizadas, cuyas actividades pueden ser económica y socialmente inútiles, si no nocivas.

En una encuesta de universidades de élite de Estados Unidos, Catherine Rampell determinó que en 2006, poco antes de la crisis financiera, el 25% de los estudiantes a punto de recibirse de la Universidad de Harvard, el 24% de Yale y un gigantesco 46% de Princeton iniciaban sus carreras en servicios financieros. Esos porcentajes han caído levemente desde entonces, pero tal vez esto sólo sea un efecto temporario de la crisis.

Según un estudio de Thomas Philippon y Ariell Reshef, gran parte del incremento en la actividad financiera tuvo lugar en áreas más especulativas, a expensas de las finanzas tradicionales. Desde 1950 hasta 2006, la intermediación crediticia (préstamos, incluida la banca tradicional) cayó en relación con “otras finanzas” (que incluyen títulos, materias primas, capital de riesgo, capital de inversión, fondos de cobertura, fideicomisos y otras actividades de inversión como la banca de inversión). Es más, los salarios en “otras finanzas” se dispararon en relación con los de la intermediación crediticia.


Sin duda necesitamos que algunas personas se dediquen al trading y a la especulación. ¿Pero cómo sabemos si son demasiadas?

Para algunos, la cuestión es moral. Se considera que operar en contra de otros es una actividad intrínsecamente egoísta, aunque pudiera tener beneficios sociales indirectos. Pero, como les gusta señalar a los economistas, los operadores y los especuladores ofrecen un servicio útil. Analizan información sobre los negocios y (por lo menos parte del tiempo) intentan evaluar su verdadero valor. En consecuencia, ayudan a asignar los recursos de la sociedad a los mejores usos, es decir, a los negocios más prometedores.

Sin embargo, las actividades de estas personas también nos imponen costos a todos los demás. De hecho, un estudio de 2011 de Patrick Bolton, Tano Santos y José Scheinkman sostiene que un porcentaje significativo de la especulación y el trading simplemente busca obtener réditos. En otras palabras, es una actividad ineficaz que sólo permite el cobro de rentas con base en productos que, de otra manera, serían gratuitos.

El ejemplo clásico de búsqueda de renta es el de un señor feudal que instala una cadena a lo ancho de un río que pasa por su tierra y luego contrata a un cobrador para que les cobre a los botes que pasan un arancel (o una renta de la sección del río por unos minutos) para bajar la cadena. No hay nada productivo respecto de la cadena o el cobrador. El señor feudal no ha hecho ninguna mejora al río y no ayuda a nadie en absoluto, ni directa ni indirectamente, excepto a sí mismo. Lo único que hace es encontrar una manera de ganar dinero a partir de algo que antes era gratis. Si suficientes señores feudales a lo largo del río siguieran su ejemplo, su uso podría verse afectado seriamente.

Quienes se dedican a “otras finanzas” suelen adoptar un comportamiento similar. Buscan los mejores acuerdos comerciales, creando una “externalidad negativa” para aquellos que no son de la partida. Si los malos activos que ellos rechazan —por ejemplo, los títulos respaldados por hipotecas de alto riesgo que alimentaron la crisis financiera de 2008— se crean de todas maneras y se los endilgan a inversores menos conocedores, los financistas no le aportan más a la sociedad que un terrateniente que instala una cadena de un lado al otro del río.

En un estudio próximo, Patrick Bolton extiende esta visión y analiza a los banqueros y la Ley Glass-Steagall, que les prohibía a los bancos comerciales involucrarse en una amplia variedad de actividades clasificadas como “banca de inversión”. Desde que la Ley Gramm-Leach-Bliley de 1999 revocó la Ley Glass-Steagall, los banqueros actuaron cada vez más como patrones feudales. La Ley Dodd-Frank de 2010 introdujo una medida algo similar a la prohibición de Glass-Steagall al imponer la Regla Volcker, que prohíbe las operaciones que buscan ganancias rápidas por parte de los bancos comerciales, pero se podía hacer más.

Para muchos observadores la ley Glass-Steagall no tenía sentido. ¿Por qué no se les debería permitir a los bancos involucrarse en cualquier actividad comercial que quisieran, al menos mientras existan reguladores que aseguren que las actividades de los bancos no ponen en peligro toda la estructura financiera?
De hecho, las principales ventajas de la Ley Glass-Steagall original pueden haber sido más sociológicas que técnicas, al cambiar la cultura y el entorno empresarios de maneras sutiles. Al mantener el negocio de hacer acuerdos por separado, los bancos podrían haberse concentrado en su negocio principal tradicional.

Bolton y sus colegas parecen tener razón en muchos sentidos, aunque la investigación económica aún no nos ha permitido estimar el valor que tiene para la sociedad el hecho de que tantos de nuestros mejores y más brillantes ciudadanos sigan carreras en los sectores hoy populares de las “otras finanzas”. Las actividades especulativas tienen ventajas y desventajas, mucho que es bueno y parte que es malo, y esto es muy difícil de cuantificar.

 

Robert J. Shiller *

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