Los mesías y la voracidad del poder

Noticias destacadas de Opinión

La pataleta de cierre. Es el titular del berrinche protagonizado por Trump después de su derrota en las urnas. No quiere irse. Luego de ser el rey del mundo, teme regresar a simple trillonario número uno del mundo. El dinero no le fue suficiente, no calmó su hambre y sed martirizadores.

Hace cuatro años se aventuró a aspirar a la Casa Blanca y fue el primer sorprendido al ganar. Comprobó para sus adentros que las torres, casinos y campos de golf, sumados a su figura opulenta, funcionan como golosinas para la mitad de los norteamericanos. Ellos, y una pequeña ayuda de sus amigos divulgadores, le dieron el cetro.

Una vez instalado en el trono, desafió lo políticamente correcto. Se descaró con sus viejos romances asquientos, despidió dos o tres funcionarios incómodos por mes, se ufanó de hacerles quite a los impuestos, llenó vacantes con jueces y fiscales de bolsillo, se pavoneó con un muro pagado por mexicanos, hizo burla de la ciencia, se carcajeó del coronavirus, abrazó a su par mofletudo de Corea del Norte, amargó la cara de su esposa maniquí, desbarató los tratados internacionales de cuanta cosa buena.

Trump se convirtió en la caricatura de Trump. En los periódicos de todas partes y en las redes, su estampa empenachada hacía reír y por parejo daba miedo. En su único período presidencial consiguió escupir sobre la decencia y al final atrajo la mitad de los votos, provenientes de sus adoradores. Eso: llegó a ser divinizado, elevado a modelo de vida para las almas ordinarias de sus compatriotas.

Su ascenso vertiginoso a los altares contemporáneos se volvió faro para los pequeños trumps que habitan en el corazón de gobernantes y candidatos, a lo redondo del planeta. Él no inventó la voracidad del poder, pero sí la catapultó a la estratosfera en un globo hinchado de avidez.

El analista político y columnista de El Espectador Álvaro Forero Tascón puso en fila a algunos de los que, además de Trump, intentan volver al mando en nuestro continente: “el peronismo, el fujimorismo, el uribismo, el chavismo, el evomoralismo”. Nótese que no enumeró nombres propios, sino movimientos políticos, corrientes con militantes devotos. En fin, religiones, capillas de atroces redentores.

Algunos de los líderes detrás de estas denominaciones están muertos o encarcelados o enjuiciados por corrupción u otras bellezas. No importa. Sus ilustres personalidades, desde otoños de patriarcas, siguen mandando después de muertos. Ordenan que quiten la lluvia.

Para granjearse no una sino varias eternidades, amaestran perritos falderos para que los sucedan en el palacio presidencial y velen el amasijo de poder que tanto les hace falta, mientras regresan como todos los mesías en sus segundas venidas.

Las tendencias políticas de la lista de Forero Tascón están milimétricamente repartidas, mitad de derecha, mitad de izquierda. A ambas las califica de populistas. Y concluye con una explicación de su inmortalidad: “Como el populismo inocula las pasiones y miedos de los ciudadanos, no muere”.

arturoguerreror@gmail.com

Comparte en redes: