Por: Carlos Gaviria Díaz

Los micos del doctor Patarroyo

Bienvenido el debate que se ha suscitado a propósito de las investigaciones del doctor Manuel Elkin Patarroyo sobre primates del Amazonas, en busca de una vacuna benéfica para la humanidad.

Sobre el asunto es poco lo que se ha dicho y pensado entre nosotros con el reposo y el desprejuiciamiento que el tema demanda, en un campo cruzado por creencias con pretensiones de verdades inconclusas que se aducen como si fueran argumentos concluyentes.

Al observador desprevenido puede ocurrírsele una pregunta elemental: ¿por qué se eligen los monos como objetos manipulables (y maltratables) para la investigación? Y la respuesta parece saltar a la vista: porque su anatomía y sus procesos fisiológicos y bioquímicos son los más parecidos a los de los humanos. Pero entonces, ¿por qué no se investiga directamente sobre humanos? Y contestar esa pregunta, honesta y razonablemente, implica superar una dificultad. Veamos:

Ello resultaría atentatorio contra la dignidad humana que hace del hombre (¡y de la mujer!) una criatura privilegiada y singular por su similitud con el creador (capaz de saber aunque no omnisciente para los tomistas; amorosa aunque no todo amor para los escotistas). Contundente e impecable el argumento, pero válido sólo para creyentes.

Kant, uno de los pensadores que más venero, encubre la misma razón con lenguaje secular: “la criatura humana es un fin en sí mismo y no puede ser usada como medio”. ¿Y de dónde deriva esa singularidad? Creo que sutilmente escamoteado está allí el argumento religioso.

Si asumimos que la dignidad deriva de la autonomía (asunción nada temeraria, expuesta desde el siglo XV por Pico della Mirandola) y que allí radica la singularidad humana, el asunto resulta aún más problemático. Porque no parece que ese singular privilegio pueda ser invocado para someter y abrumar a las demás criaturas, a la manera arbitraria de quienes invocaban el derecho divino de los reyes. Nada en el campo moral ni en el político puede ser legitimado por un poder supremo y arbitrario, salvo que se trate de la voluntad divina.

Lo que sin duda los humanos compartimos con los animales dotados de un sistema neurológico es la calidad de seres sensibles y sufrientes y es allí, a mi juicio, donde hay que situar el problema para ensayar respuestas razonables. ¿Por qué es malo que el humano sufra pero no lo es o lo es mucho menos que sufra el animal?

Comparto con Rorty el que el propósito de una sociedad liberal (en el sentido noble y no degradado del término) ha de ser la erradicación del sufrimiento... de todos los sufrientes.

Un movimiento social, reciente y en ascenso, propugna el trato considerado a los animales y la prohibición de infligirles sufrimiento. Es plausible sin duda y promisorio de una sociedad mucho más civilizada, aunque quedan aún muchas dificultades pendientes por superar. En esa misma línea de pensamiento, y para darle mayor fortaleza al propósito, se vienen postulando los derechos de los animales. La tesis no es, ni mucho menos, descabellada, pero todavía hace falta afinar muchos conceptos en el campo de la teoría del derecho y muchos instrumentos en el terreno de la técnica jurídica.

Pienso que en el momento no es necesario —lógicamente— ni conveniente en sus consecuencias prácticas vincular un asunto con el otro. Ya el doctor Patarroyo, por ejemplo, ha dicho que “si los animales tienen derechos también tienen deberes” (v.gr. ¿el de prestarse para el maltrato doloroso en beneficio de la humanidad?).

El deber moral de no ocasionar daño y dolor a quien puede padecerlo resiste, en mi criterio, el test de un creciente y progresivo consenso. Las dificultades que plantea no pueden soslayarse, pero es un hecho tangible que cada vez gana una adhesión más numerosa y consistente en sectores civilizados y no implica, como correlato, el derecho atribuido a otro de reclamar compulsivamente su cumplimiento, como sí ocurre en la relación jurídica, aunque el Estado puede hacerlo exigible.

Las dificultades innegables que la situación plantea no pueden ignorarse, pero tendrían que ser materia de examen riguroso y de controversia científica y retórica, exhaustiva y responsable, entre interlocutores de espíritu abierto, libres de prejuicios que ofuscan e inhiben la respuesta razonable. Todo esto en beneficio de la construcción de sociedades humanas más sensibles y solidarias con todos los seres sufrientes.

Es explicable entonces que, ante la incertidumbre y perplejidad que el problema genera, dos sesiones distintas del Consejo de Estado hayan tomado decisiones contradictorias sobre un problema ético y científico que no puede ser decidido ex cathedra.

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