Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Los mil dolores de Pastora

En la masacre de Bojayá, ocurrida el 2 de mayo de 2002, perpetrada por las Farc, murieron cerca de cien personas. Entonces, y desde 1996, ya iban en la zona cerca de cuatrocientos muertos por los ataques paramilitares. La población civil, como siempre, volvía a ser víctima de los fuegos y sañas de los actores armados del conflicto. Una de las sobrevivientes perdió aquel día a 24 de sus familiares. La llamaron desde entonces la “Mil dolores”.

En la incursión guerrillera, además de los muertos, los heridos, los sobrevivientes, el cristo de la iglesia de Bojayá quedó mutilado. Hoy, tanto este como el esculpido por el cubano Enrique Angulo, son símbolos de un tiempo funesto, pero, a su vez, de la esperanza en la paz y de la anhelada reconciliación nacional.

Quizá el acto más importante de la visita papal a Colombia haya sido el encuentro del pontífice con las víctimas del conflicto, en Villavicencio. Con el Cristo Negro de fondo, los testimonios de los que representaban a miles de damnificados por la violencia, tornaron a ser parte de una memoria de atrocidades y vejámenes sin cuento. Francisco llegó a conmocionarse y estuvo a punto de quebrarse en llanto ante las palabras de los que han sufrido los horrores del conflicto armado.

Pastora Mira García, líder de las víctimas de San Carlos, habló siete minutos y dio cuenta del intenso sufrimiento en su existencia de sesenta y un años. “Cuando tenía seis años, la guerrilla y los paramilitares no habían llegado todavía a mi pueblo: San Carlos, Antioquia. Mi padre (de filiación liberal) fue matado. Años más tarde, pude cuidar a su asesino, quien, en ese momento, se había enfermado, era ya anciano y estaba abandonado”, dijo.

Tal vez, en esta señora que ha sido capaz de trascender el odio y entrega su talento y esfuerzos a la construcción de un país sin guerras ni injusticias, se resume el dolor de un pueblo, cuya historia está atiborrada de violencias y desigualdades socioeconómicas. Pastora, que trabajó en una inspección y vendió juguetes, ha padecido todas las desventuras. A dos de sus hijos los asesinaron los paramilitares.

En 1998, se desplazó forzosamente con su esposo y dos de sus hijos a Medellín, cuando los paramilitares estaban comenzado las masacres (cometieron 23 en San Carlos). “En 2001, los paramilitares desaparecieron a mi hija Sandra Paola; emprendí su búsqueda, pero encontré el cadáver solo después de haberla llorado por siete años”, dijo en su testimonio frente a Francisco y miles de personas en el Parque de Las Malocas.

Pastora volvió después a su desolado pueblo natal y lideró a mujeres de la zona para que sembraran alimentos, debido a que por esos lares no se volvió a atrever ni el crepúsculo. En 2005, el Bloque Héroes de Granada asesinó a Jorge Aníbal, su hijo menor. Y ella continuó, con todas sus penas y tragedias, en la labor de liderar los procesos de reconciliación y reparación.

“Como signo de esta ofrenda de dolor, depongo a los pies de la cruz de Bojayá la camisa que Sandra Paola, mi hija desaparecida, había regalado a Jorge Aníbal, el hijo que me mataron los paramilitares. La conservamos en familia como auspicio de que todo esto nunca más vaya a ocurrir y la paz triunfe en Colombia”, dijo Pastora, en medio de la estupefacción general y de la mirada atenta y atristada del Obispo de Roma.

En la voz de la golpeada líder no había rencores. Era, como las otras víctimas que allí hablaron, la representación de un punto de quiebre entre la violencia y la construcción dificilísima de la paz. Era, también, la voz de la “Mil dolores” y la del Cristo Negro de Bojayá, y la de aquella otra imagen destrozada que en Bojayá, tierra del perdón, permanece como una promesa de reconciliaciones y justicia social.

Cuando acaeció la masacre de Bojayá, el párroco de la iglesia, destruida por los cilindros-bomba de la guerrilla, el padre Antún Ramos, se erigió como otro luchador por la consecución de la concordia en el país. Él, como otras víctimas del conflicto armado, sigue contribuyendo a la construcción de la paz. “Sorprende que las víctimas tengamos más actitud, disposición y capacidad de perdonar que los que no han sido víctimas”, declaró alguna vez el sacerdote.

La demostración de las víctimas en su encuentro con el papa, probó que, en Colombia, un conflicto menos es una ganancia significativa para los que han soportado los desastres de la violencia.

 

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